—Señor...

—Duermo... ¡qué sueño!... Despiértame mañana, que quiero hacer una cosa...

—¿Qué?

—Quemar El Grande Osuna...—murmuró Alejandro con visible esfuerzo, que parecía un tanto doloroso.—Es detestable... Es feo y repugnante como mi enfermedad. Todo lo que contiene resulta vulgar al lado de la excelsa hermosura artística que ahora veo, al lado de esta creación de las creaciones, que titulo El Condenado por confiado... Es la salud, es el vivir sin dolor... Aquí veo otra figura, otra belleza suprema... Á su lado aquélla es fealdad, impureza... podredumbre... consunción...

—¡Quemar El Osuna!... no, señor... ¡qué dirá la señorita Carniola..!

Miquis, ya con los ojos cerrados, hizo contracciones de disgusto. Creeríase que tragaba una cosa muy amarga, muy amarga... Más que habladas, fueron estertorizadas estas palabras:

—La aborrezco...

Felipe le observaba... Cienfuegos le puso la mano en la frente... Momento de terror... Inmenso sueño aquél.

—Se ha dormido,—murmuró Felipe atónito.

—¡Qué muerte tan dulce!—dijo Cienfuegos.