VI
La escena representa el interior de un coche de alquiler. En el fondo, Aristóteles y don José Ido ocupan el asiento principal; á izquierda y derecha, cerradas portezuelas con ventanillas, cuyas cortinas verdes agita el aire. Veterano corcel tira con trabajo de la escena, á la cual preceden otros cinco vehículos de igual aspecto mísero, con sus cortinillas, su dormilón cochero y su caballo claudicante. La fila marcha perezosa, por calles y caminos, siguiendo á otro armatoste poco agradable de ver, cosa negra y desapacible, sobrecargada de tristeza y duelo.
Ido.—(Acariciando él hombro de su amigo.) Pues esto no tiene ya remedio, amigo Felipe, bueno es que te vayas conformando con la voluntad de Dios, y pongas ya término á tus lágrimas, ayes y suspiros. Empiezas á vivir; tienes mucho mundo por delante; estás en edad en que los duelos pasan pronto, sin dejar huella. No quieras hacerte superior á tus años prolongando tu dolor más de lo que corresponde, y desmintiendo tu niñez florida. Ánimo, hijo, y considera que estos trances aflictivos son los mejores maestros que podrías desear para instruirte en el gobierno de tí mismo y en todo el saber de la vida. (Sintiéndose inspirado.) Considera que esto es para tí ventajoso, pues entras en los combates del vivir, no desnudo y sin armas, cual entran los más, sino ya vestido con cota de dolor y resguardado tras el durísimo broquel de la experiencia; y francamente, naturalmente... yo, en tu lugar, me alegraría de haber visto lo que has visto, de haber pasado lo que pasaste... No seas tonto: encontrarás ahora colocación mejor y amos generosos que te protejan...
Aristóteles.—(Dando un gran suspiro.) No encontraré otro amo como el que se me ha muerto, señor don José... Hombre de mejores entrañas no creo haya nacido. Era tan bueno, tan bueno, que no hacía más que disparates. Yo no sé qué pensar... Si los buenos son así...
Ido.—(Con agudeza filosófica.) Es que, según dice un libro que leí anoche, no debemos ser buenos, buenos, buenos, sino buenos á secas, con algo que tire á lo mediano, y cierto ten con ten de bondad y picardía.
Aristo.—Yo creo que si mi amo no hubiera sido tan... tan... Poleró le llamaba el goloso de las damas, y Arias decía que había hecho voto de... de lo contrario de castidad... Pues creo que si mi amo no hubiera tenido esta falta, habría sido santo... ¿No lo cree usted...?
Ido.—(Con penetración, que es forzoso atribuir á que algún espíritu le sopla lo que dice, ó á que se ha encarnado en él, por milagroso modo, la misma sabiduría.) Todos, todos los humanos, si no fuéramos lo que somos, seríamos santos; es decir, que si no tuviéramos esta maldita carne mortal, por la cual somos hombres, seríamos ángeles... Estamos encarnados en nuestras flaquezas, y de ellas recibimos nuestro ser visible. Por esto se dice: «somos fragilidad y podredumbre.» De ellas se derivan todos nuestros males, y ellas mismas son penitencia á la par que son pecados.
Aristo.—Bien lo ha pagado él, ¡pobrecito! La suerte que se consolaba con sus dramas y con las cosas bonitas que estaba siempre sacando de su cabeza. Decía Sánchez de Guevara que mi amo era un hombre en verso, y yo creo lo mismo. Todo en él era verso, todo música. Mi amo sonaba, sí, sonaba como las panderetas.
Ido.—(Grave, solemne, emulando á Confucio y á los profetas.) Mal terrible es ser hombre-poema en esta edad prosáica. El mundo elimina y echa de sí á los que no le sirven. Nada es tan funesto como la vocación de ruiseñor en una familia de castores.
Aristo.—Ya, ya pagó bien mi amo su falta. El verso no le valió de nada más que de consuelo y distracción. No tuvo un solo día de tranquilidad... siempre pobre... Perdió la salud y la vida. ¡Maldita tisis! Yo me consumía la sangre, viendo que todo el dinero que tenía se lo arrebataban... Entre las dos Tales le pelaron: la una se llevaba todo el dinero; la otra toda la ropa...