Ido.—(Enternecido.) Sí, sí: triste cosa es que á un joven de tales prendas, hijo de padres ricos, hubiera que amortajarle con ropa de los amigos. Y no lo digo por vanagloriarme de la parte que tuve en esta obra de caridad, pues sólo dí la corbata negra, que no vale un ochavo, y aún me quedó esta otra cinta obscura y algo deshilachada que me puse, para venir dignamente al entierro.

Aristo.—(Afligidísimo.) ¡Ay! usted no sabe, don José, lo que pasó. Si se lo cuento, se horrorizará, porque ello es tan infame que parece mentira. Pero es verdad, es verdad, como Dios que nos está mirando.

Ido.—(Desperezándose.) Cuenta, hombre, cuenta esos horrores, que francamente, naturalmente, este viaje es harto pesado, y con el fuerte calor no sabe uno cómo ponerse, ni á dónde echar piernas y brazos, ni de qué modo entretener el tiempo.

Aristo.—Pues ya sabe usted que le pusimos el pantalón negro del señorito Cienfuegos, las botas de Alberique, que me dió doña Virginia y que le venían tan grandes, el chaleco de Arias y la levita de Cienfuegos. Esta prenda era la única decente; las demás no valían nada... Pues oiga usted. Anoche me estuve toda la noche velándole, y nada pasó; pero esta mañana, cuando salí á llevar los recados á los amigos para que vinieran al entierro... esa sinvergüenza, esa Cirila de mil demonios, más mala que la langosta, y más ladrona que el robar, esa Iscariota, esa judía, esa loba con cara de mujer...

Ido.—(Aterrado.) ¿Qué hizo? Me parece que lo adivino. ¡Esa hembra sin entrañas, esa mujer sin hijos, esa madre del robo, ese monstruo rapaz, profanó el cuerpo de tu amo, desnudándole de alguna prenda valiosa...!

Aristo.—(Llorando con rabia.) Le quitó la levita. Cuando entré y lo ví, me dió una cosa, señor don José, me corrió un fuego por todo el cuerpo... Volé á la cocina; allí estaba fingiendo sentimiento... Me fuí derecho á ella, y le dije todo lo que había callado en tanto tiempo... yo estaba como un león. No sentía más que no ser hombre para dejarla seca allí mismo. Me la hubiera comido á bocados... Ella agarró una escoba y las tenazas de la cocina. Si no me coge Resplandor por la cintura y me sujeta, hay allí la del Dos de Mayo. Todavía me dura el sofoco... Me la ha de pagar... No se la perdono, no se la perdono.

Ido.—(Con apacible serenidad y con unción que no parece suya, sino de los espíritus de santos ó filósofos que andan por dentro de su cuerpo.) Modérate, ¡oh, Felipe! y templa tus excesivos arrebatos, impropios de estas fúnebres circunstancias. Elévate por cima de las miserias humanas, y considera que esa indigna mujer tendrá el castigo en su propia conciencia. Dios se encargará de ella. Déjala tú... El hombre no es buen justiciero del hombre. Además, nunca menos que en esta ocasión ha necesitado tu bendito amo del abrigo y confortamiento de una levita. ¿No nos dice la Religión que el cuerpo es polvo y ceniza? El polvo, digo yo, ¿para qué necesita del auxilio de los sastres? Cierto que el acto... llamémosle acto... de esa mujer, es una horrible profanación; pero esto que acompañamos no es más que un despojo miserable que vamos á entregar con solemnidad convencional á la tierra. No le quitará Cirila á tu amo su glorioso vestido de inmortalidad, ni el espíritu excelso de Miquis padecerá de frío en las regiones invisibles, intangibles é inmensurables. Y sin traspasar con el pensamiento las fronteras que de tu amo nos separan, podrás hallar consuelo considerando que la rapacidad de una vil patrona no despojará á tu amo de la gloria mundana que envolverá su nombre, cuando sea conocido ese portento literario, ese drama de los dramas...

Aristo.—(Con hondísima pena.) Esa es otra... ¡señor don José de mi alma!... ¡Usted no sabe!...

Ido.—¿Qué?... No cuentas hoy más que desdichas... Apenas abres la boca, ya tiemblo.

Aristo.—Pues tiemble usted todo lo que quiera... pero sepa que el drama ya no existe. Esta mañana, cuando fuí á casa de Resplandor en busca de un poco de agua para lavarme, ví que doña Ángela (¡mal demonio se la chupe!) tenía el acto primero, y le estaba arrancando las hojas para hacer papillotes con que sujetar los rizos de las niñas... Al ver esto me volé. Ella dijo: «pues tonto, ¿para qué sirve esto? Los chicos lo han traído. Yo no sabía lo que era...» Recogí algunas hojas. Después ví que Ruiz se llevaba otro acto. El tercero le sirvió á Cirila para encender la lumbre. Con el quinto hacían pajaritas los muchachos. El cuarto lo pude salvar y lo guardaré toda mi vida...