Ido.—Creo que los emolumentos no serán flojos. Y en todo caso, más vale siempre algo que nada. (Repítese el fenómeno de que la sabiduría se le pasea por el cuerpo y sale á sus labios.) El hombre, en toda ocasión, debe aprovechar lo que encuentra, y sin perjuicio de sus aspiraciones á lo mejor, coger lo bueno y lo posible que á su lado vea. Sí: cuando no tienes nada y te ofrecen medio, no te impida tomarlo la idea de poseer uno entero. Y sobre todo, hijo, lo mejor es contentarse con poco, para esperar siempre más, pues si alimentaras aspiraciones desmedidas, al satisfacerlas creerías tener menos de lo deseado. El que es humilde es rico, y bien dijo quien dijo: «¿Hallaste la miel? Come lo que te baste, no sea que te hartes de ella y la revieses.»

Aristo.—(Mirando con malicia á don José, pues no comprendiendo que Salomón es el que habla, sospecha que el pobre maestro está algo bebido.) Don José, usted está hoy muy sabio.

Ido.—Cosas son éstas, amigo Felipe, que leí anoche y se me han quedado fijas en la memoria. Yo me animo con la lectura, y una frase feliz, un pensamiento agudo parece que me regeneran y dan nuevo ser á mi espíritu. No olvides aquello de: «el cuidado congojoso en el corazón, lo abate; mas la buena palabra lo alegra...» Yo, además, tengo motivos para no estar tan triste como otras veces. Sabrás, caro Felipe, que me han salido dos discípulos.

Aristo.—¿De veras? Ese sí que es favor de Dios.

Ido.—Sí, dos discípulos. ¡Y qué buenos chicos! Estaban en casa de don Pedro, y como allí no aprendían jota, los han sacado sus padres, y desde mañana voy á la casa á darles lección privada... Hijo, son cinco duros al mes que me caen como el maná... Y ahora que nombro á don Pedro, diréte que ya ese hombre no es hombre, es una bestia. La familia está desorganizada; cada cual tira por su lado; la madre parece que ha caído poquito á poco en la mala costumbre de echar unas siestas muy largas después de comer... Ya en mis tiempos gustaba de lo añejo. Marcelina, entregada á la embriaguez del fanatismo, pasa todo el día en la iglesia, borracha de rezos, y don Pedro... ¡Oh! ese merece capítulo aparte, y si tenemos un rato libre, te he de contar los horrores que sé, y hacerte ver los pasos del incierto camino por donde marcha nuestro maestro sin ventura... ¡Oh, aquí de tu amo! Con aquella imaginación suya y aquel arte, bien hubiera podido coger la pluma y endilgar un drama que sería el non plus por lo terrible y lo verdadero... Ya hablaremos de esto más despacio. Yo, no sintiéndome con fuerzas para tan alto asunto, puede que agarre la de ganso y enjarete una media resma para echar también mi cuarto á espadas en literatura, porque francamente, naturalmente, los tiempos son malos; todos servimos para todo, quién más, quién menos, y como se trate de ganar un real, no hay cosa que me espante ni escrúpulos que me arredren (con exaltación). José Ido del Sagrario es hombre para todo; José Ido del Sagrario tiene alientos de poeta, bríos de inventor y un correr de pluma que ya...

Aristo.—(Asustado, y sospechando otra vez, viendo la animación y el brillo de los ojos de su amigo, que ha tenido alguna debilidad anacreóntica.) Don José, ¿pero va usted á volverse literato?

Ido.—(Con marrullería.) No te diré que sí ni que no... Puede ser, puede no ser. Ello es que hace días se me ha clavado aquí una idea, y no puedo echarla de mí... (con cierto misterio). Ya sabes que hay ahora una literatura harto fácil de componer y más fácil de colocar: hablo de las novelas que se publican por entregas á cuartillo de real, y que gozan del favor de miles de miles de lectores. Editorcillo hay que da una onza por cada reparto al forjador de tales composiciones; otros dan diez duros, otros siete, según la correa de invención que saca de su cabeza cada autor. Pues bien: un amigo mío que trabaja en estas cosas, y que ha ganado mucho dinero, me aconsejó no há mucho que me meta yo también á novelador... Francamente, naturalmente, al pronto me pareció absurdo; después lo he pensado, hijo... Es cosa facilísima idear, componer y emborronar una de esas máquinas de atropellados sucesos que no tienen término, y salen enredados unos en otros, como los hilos de una madeja... Yo he de probarlo, Felipe; yo he de hacer un ensayo en esta cosa bonita y cómoda del novelar. Ya tengo pensado un principio, que es lo que importa; y cuando menos lo pienses, verás mi nombre por esas esquinas de Dios, y te echarán por debajo de la puerta un cuaderno con láminas muy majas y un poquito de texto para que caigas en la tentación de suscribirte.

Aristo.—(Con inocencia.) Pues, hombre de Dios, si quiere componer libros para entretener á la gente y hacerla reir y llorar, no tiene más que llamarme; yo le cuento todo lo que nos ha pasado á mi amo y á mí, y conforme yo se lo vaya contando, usted lo va poniendo en escritura.

Ido.—(Con suficiencia.) ¡Cómo se conoce que eres un chiquillo y no estás fuerte en letras! Las cosas comunes y que están pasando todos los días no tienen el gustoso saborete que es propio de las inventadas, extraídas de la imaginación. La pluma del poeta se ha de mojar en la ambrosía de la mentira hermosa, y no en el caldo de la horrible verdad.

Aristo.—Pues ponga todo eso de don Pedro Polo que, según dice, es tan bueno...