Don Florencio no encontraba la palabra; mas la suplía con un vivo ademán que quería decir algo como franqueza, aires distinguidos, soltura...
—Y finalmente, señores, yo soy tan religioso como el primero; pero no me gustan curas retrógrados, sino que vivan con el siglo...
—¡Que se resbala, don Florencio!
Ruiz no podía contener la risa.
—¡Si es un progresistón como una casa!—gritó Miquis, echando el brazo por los hombros al bendito conserje.
—Alto allá, señores; atención...—manifestó gallardamente.—Vamos por partes...
—Está suscrito á Las Novedades y á La Iberia, y es el gran amigote de Calvo Asensio.
—Alto, alto... Orden, señores, orden. Respétese el sagrado de las opiniones. Que Calvo y yo nos tuteemos, sólo quiere decir que ambos somos de la Mota del Marqués, y que le conocí tamañito así.
—Vamos, que este señor Morales y Temprado, bajo su capita de santo—dijo Miquis,—es el revolucionario más atroz que hay en Madrid.
—Señor de Miquis...