—Va disfrazado á la Tertulia progresista.

—Señores, si no tuviera el convencimiento—declamó don Florencio, levantándose un poquito enojado,—si no tuviera el convencimiento de que las palabras dichas por mi particular amigo el señor don Alejandro Miquis...

Era orador sin pensarlo aquel buen señor. Con qué majestad prosiguió la cláusula, después de una pausa de efecto, diciendo:

—...son pura broma, creería que ya la juventud española había perdido el respeto á las canas.

—No, don Florencio. ¡Viva don Florencio!

—Por Dios...

—Aquí entre amigos...

De pie, con la botella vacía en la mano, libre la otra para describir lentos y pomposos círculos en el aire, la gorra un poco echada hacia atrás, el bigote más tieso y las mejillas un tanto encendidas, el insigne don Florencio fué soltando de sus autorizados labios estas palabras, que ni de los de Solón salieran con más gravedad:

—Porque, vamos á ver, señores: establezcamos bajo seguras bases esta cuestión. De que á uno le guste la libertad, no se deduce, no se puede deducir... de ningún modo se deduce...

—Pero ¿qué es lo que no se deduce?...—preguntó Alejandro impaciente.