—No interrumpir. ¡Silencio en las tribunas!

—Entre paréntesis, señores, los que hemos andado á tiros con los montemolinistas en Zaldívar y Estella... Pero no, no quiero tocar esta cuestión personal. Mis méritos son escasos, y los dejo aparte. Reasumiendo: yo he sido siempre un hombre de orden, muy español, muy enemigo de lo extranjero y de la tiranía; pero... Entre paréntesis, ahora me acuerdo de cuando el pobre Bartolo Gallardo me decía: «Mientras haya curas no nos curaremos.» Éramos muy amigos. Tenía la cabeza del revés... Yo no fuí ni soy de su parecer, y por eso digo: «Mucha libertad, mucha religión, para que el mundo ande derecho.» De otro modo no es posible, no, señor, lo sostengo... ¡Libertad, religión!... Y no me sacan de ahí. Olózaga, en las Constituyentes del 55, pensaba lo mismo. ¿Para qué sirve la libertad de cultos? Absolutamente para nada. Para que los demagogos, señores, insulten á los ministros del altar... Veo que se ríen. Bueno, ríanse todo lo que quieran. Ustedes son unos polluelos que no tienen mundo. Leen muchos libros, que yo no leo; pero no crean que por eso saben más. ¡El mundo, la experiencia, los años! Esos, esos, señor de Miquis, esos son mis libros. Cuando uno tiene la cabeza llena de canas, puede reirse de las ilusiones y desvaríos de la juventud... Y veo que la juventud está hoy muy echada á perder. ¡Esas democracias extranjeras!... ¡Si aquí tuviéramos juicio...! Pero no, con eso de todo ó nada nos están pervirtiendo... Yo conozco gente de Palacio que me ha asegurado que no hay tales obstáculos tradicionales... Aquí se habla más de la cuenta.

—Como que el mejor día llaman al Duque.

—No digo yo que al Duque precisamente—manifestó don Florencio de una manera augusta;—pero...

—Más vale que no nos lo diga usted...

—Que lo diga...

Don Florencio dió algunos pasos hacia la puerta, y de improviso volvió acompañado de esta soberana idea:

—Yo digo que en la Europa hay tres hombres grandes, tres hombres de talento macho... y son: Napoleón III, el cardenal Antonelli y don Salustiano de Olózaga.

Y sin esperar respuesta, cual hombre convencido de que no merecían escucharse los comentarios que se hicieran á su afirmación, dió otra media vuelta á lo militar, y se fué diciendo:

—Señores, que haya salud, y que les aproveche.