Desapareció. Los tres amigos tuvieron la consideración de esperar á que estuviera lejos para soltar la risa, y tras la risa las agudezas que á competencia descargaron sobre el bendito señor, hasta que le dejaron bien acribillado... Era un progresista platónico y vergonzante que se iba callandito á la Tertulia algunas noches, y desde el rincón donde se sentaba no perdía sílaba de los discursos. Pero sólo gustaba de aquéllos que fuesen templados y juiciosos; y si le seducía la sencillez elegante y la diplomática malicia de Olózaga, ó la pedestre claridad de Madoz, desde que algún orador fogoso se salía con embozadas invectivas ó con palabritas y donaires contrarios á la religión, ya estaba mi hombre desasosegado y fuera de su centro. Se escabullía con disimulo y abandonaba el local, diciendo para sí:
«Estos señores matarán al partido con su imprudencia... La exageración es causa de todos los contratiempos del partido... Nada, no conocen que todo se puede conciliar: el triunfo del partido y la religión de nuestros mayores.»
Su inteligencia, según decía Ruiz, era una petrificación, en la cual se veían hasta tres ideas perfectamente conservadas, duras é inmutables como las formas fósiles que en un tiempo fueron seres vivos. No tenía vanidad sino para suponerse amigo de célebres personajes, y decía: «Cuando Fermín Caballero y yo nos conocimos en Barajas de Melo...» ó bien: «Don Martín me contó tal ó cual cosa...» «Don Antonio González me quiso llevar á Londres cuando fué á la embajada...»
Era hombre de gran sobriedad, enemigo de las bebidas espirituosas y aun de la horchata de cepas; muy inteligente en aguas; de estos catadores de manantiales que distinguen con admirable paladar el agua de la fuente del Berro de la de Alcubilla, y encuentran diferencias notables entre la de la Encarnación y la del Retiro. Así, en días señalados, se le veía descender al Prado y tomar asiento en el banquillo de una aguadora, de quien era parroquiano, y allí hacerse servir un gran vaso de Cibeles ó el Berro, el cual iba bebiendo á sorbos, paladeándolo y gustándolo con más chasqueteo de lengua que si fuera manzanilla de Sanlúcar ó amontillado de treinta años. Su pericia en esta materia, con doctas aplicaciones á la Geografía, se mostraba siempre que en su presencia se hablaba de viajes por pueblos ó ciudades famosas. Él ilustraba las discusiones, diciendo: «¡Oh, Bustarviejo!... ¡pueblo de excelentes aguas!» y otras veces su desdén de todo lo extranjero encontraba ocasión de enaltecer la patria de este modo: «¡Bah, París!... ¡pueblo donde no se puede beber un triste vaso de agua!...»
Desde su edición pequeña de Las Novedades observaba el movimiento político, sin comprender de él más que la superficie bullanguera y la palabrería rutinaria. Á veces hallaba en su diario alguna cosa ininteligible, algo que era como los escalofríos y el amargor de boca del cuerpo social y síntoma de su escondida fiebre. Entonces se llevaba el dedo á la frente, afectaba penetración, y risueño, borracho de agua, decía á su consorte:
—Saturna, ¡qué cosas escriben estos haraganes para hacer reir á la gente!
V
Las cuatro serían cuando Miquis bajó y con él sus amigos. Ya no estaba su protegido en el lugar donde le había dejado, sino junto al pórtico Norte del edificio, viendo cómo discurrían con algazara, por entre los setos de evónymus y aligustre, las dos niñas bonitas y el reverendo primo de la esposa de Morales. Ésta y el propio Mora...les y Temprado gozaban de los últimos rayos del sol en la columnata del Observatorio viejo, dando palique á una señora mayor que les acompañaba. Dos niños jugaban en la explanada meridional, oprimiendo alternativamente los lomos de un caballo de palo.
—Mire, señor—dijo Felipe á su protector agarrándole de un faldón;—mire aquel caballero que allí está con esas señoritucas... Me va á desasnar.
—Buena falta tienes...