—Me toma de criado... tiene discuela... Mañana me voy...

Ruiz y Cienfuegos se decían disimuladamente cosas picantes sobre las dos agradabilísimas niñas del conserje de la Escuela de Farmacia... Mas no se entienda que de esta murmuración saliese concepto alguno contrario á la buena fama de las tales, siendo todo referente á recuerdos de Ruiz, á la hermosura de ellas y al gusto que ambos tendrían en tratarlas con la mayor confianza. Cienfuegos las había visto en el paraíso del Real, y casi había hablado algunas palabras con la menor, que era la menos bonita y tenía un defecto. Faltábale un diente. Á la mayor se le podía decir como á Dulcinea: alta de pechos y ademán brioso. Tenía lo que llaman ángel, expresión de dulzura y tristeza, y un hermosísimo pelo castaño, que podría figurar allá arriba, allá, en la constelación del León, ó junto á la cabellera de Berenice.

¡Lástima grande que se notara en su cuerpo cierta tendencia á engrosar más de lo que pedían la justa proporción y repartimiento de las formas humanas! Era, no obstante, ágil y airosa. Pusiéranle una túnica griega, y bien podría pasar por Diana la cazadora, que, según dice Pausanias, era de formas redonditas, ó por Cibeles, la que dió vida á tantísimos dioses. ¡Luego, aquel cuello blanco, torneado!...

¡Adiós! desaparecieron las dos y don Pedro tras aquellos arbolitos, y ya no se les vió más. La tarde caía.

—Vamos—dijo Miquis, poniéndose su capa, que le entregó Felipe.

Aún estuvieron mucho tiempo allí, porque don Florencio pegó la hebra con Cienfuegos, y entre hablar de tal ó cual cosa, y despedirse y volverse á despedir, y ofrecimiento por acá, congratulación por allá, se vino el crepúsculo encima quedamente. Fresquecillo picante convidó á todos á marcharse. Ruiz se volvió á su casa. Cuando Cienfuegos y Miquis bajaban la cuesta, éste se sintió detenido por una tímida fuerza que le atenazaba el borde de la capa; volvióse y vió al más humilde de los héroes, que con gran consternación le dijo:

—Señor, ¿se van sin decirme nada?

—Es verdad: ¡ya no me acordaba de tí! Ven con nosotros.

Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo, emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede formarse idea de lo que padeció su dignidad al oir decir á Cienfuegos:

—¿Estás loco? ¿Á dónde vas con ese espantajo?