—Animal, no se puede tratar contigo...

Llegaron por fin á su casa, que era de las que llamamos de huéspedes, y estaba, según cuenta quien lo sabe, en una mala calle situada en un barrio peor, la cual, si llevara nombre de macho como lo lleva de hembra, se llamaría del Rinoceronte. Subieron al cuarto, que era segundo con entresuelo, por la mal pintada, peor barrida y mucho peor alumbrada escalera, y antes de que llamaran abrió con estruendo la puerta una hermosa harpía, que en tono iracundo les increpó de esta manera:

—¿Son éstas horas de venir á comer? ¡Qué señores éstos! No se puede con ellos. Usted, don Alejandro, tiene la culpa.

—Señora, ¿quiere usted irse á...?

—¿Á dónde, á dónde?

—Á donde usted quiera.

Acobardado Felipe por el destemplado lenguaje de la matrona, se detuvo en el último escalón, mirando con ansiedad á la puerta, que se iba á cerrar ante él. Retrocedió Alejandro para llamarle; mas cuando la señora, tan guapa como furiosa, oyó que Miquis decía: «entra, muchacho,» se arrebató más, cerró de golpe, y he aquí sus dramáticos acentos, conservados por un erudito averiguador:

—Pero qué... ¿Habráse visto? ¿Otra vez me trae estafermos de la calle?... No faltaba más...

—Señora—dijo Miquis con zalamería,—si no me deja usted hablar, no hay medio de entendernos. Yo sólo quería pedir á usted tuviese la bondad de dejar dormir á ese chico en la buhardilla.

Oir esto y volarse fué todo uno. Los demás huéspedes acudieron al ruido, curiosos de ver lo que pasaba.