—¿Qué les parece á ustedes este don Alejandro?...—prosiguió la dueña de la casa, pasando ya del furor á las burlas.—Niño, ¿es esto una hermandad para recoger pobres?... El mes pasado me trajo un italiano de esos que tocan el arpa; hace días un viejo ciego con joroba y clarinete, y hoy... ¡Vaya unos amigos que se echa el tal don Alejandro! Y no pide nada... que les ponga cama en la buhardilla, que les dé de comer... Vaya, señores, á la mesa, á la mesa.
Entre tanto, Miquis acercaba su rostro al ventanillo y por el enrejado de cobre decía:
—Felipito, Felipito...
—Señor...
—Espérate ahí un momentito...
Los compañeros de hospedaje se burlaban, y la misma doña Virginia, pasado aquel primer chispazo de ira, se reía también, diciendo:
—¡Pobre don Alejandro!... Es un buenazo.
Y no paró en esto su desenojo, sino que, mientras se servía la sopa, fué adentro y sacó pedazos de pan, queso y golosinas, y poniéndolo todo en un papel, salió á la escalera. Al poco rato volvió al comedor asustada, con las manos en la cabeza y riendo á todo reir.
—Pero ¡qué loco, Virgen madre, qué loco!... Allá está dándole ropa... Le ha dado el chaqué azul que no se ha puesto más que tres veces... y dos camisas y unas botas enteramente nuevas... ¡Jesús, Jesús!
En el extremo de la mesa sonó una voz campanuda, dictatorial, que, separando con pausa las sílabas, promulgó esta sesuda frase: