—Este señor—dijo el fotógrafo,—es más blando que la manteca.

Entre tanto, se oía ruido de almireces que alegraría el corazón menos sensible á los halagos de un buen comer. La cocina repicaba á convite con más ruido que la iglesia repicando á procesión. Allí estaba doña Saturna, afanada con tanto tráfago. La cocinera y Marcelina la ayudaban. Grandes palmadas y bravos resonaron en la sala, cuando Refugito, la del diente menos, se presentó, poniéndose un delantal y diciendo:

—Voy á ayudar también.

—¡Bien, bravo! ¡Viva la cocinera de la sal!

—¿Qué nos va usted á hacer?

—La salsa picona.

—Haga usted la olla gorda.

—¿Y usted, Amparito?—preguntó con urbanidad el empleado de Hacienda.

—Ésta no puede ir á la cocina—dijo don Pedro.—Le dan vahídos.

—Y se pone las manos perdidas,—añadió doña Claudia, haciendo observar y admirar á todos los presentes las hermosas, blancas y finísimas manos de la joven.