—Que nos las sirvan estofadas,—indicó el fotógrafo, riendo él su propia gracia antes de que la rieran los demás.

Don Pedro, que no olvidaba nada y sabía, en ocasiones como aquélla, hacer caer sobre todos, grandes y pequeños, el rocío de su liberalidad, llamó á Felipe, que entraba y salía inquietísimo arrojando sobre las bandejas más miradas que echó Scipión sobre Cartago, y le dió dos bartolillos de los mayores, uno para él y otro para Juanito del Socorro, que estaba en el portal.

Cuando los dos amigos se sentaron en el primer peldaño de la escalera á comerse los pasteles, el Doctor, lleno de orgullo por los triunfos oratorios de su amo y por los plácemes que le daban los amigos, empezó á enumerar las elevadas personas que había en la casa.

—Está ese que saca los retratos, ¿oyes? que no hace más que verte y te pone clavado. Está ese otro señor gordo, del gabán color de barquillo, que cuando entra da voces y respira como un fuelle. Doña Claudia dice que le hizo la boca un fraile, por lo mucho que come. Está también aquella señora guapa, ¿oyes? aquella que parece una reina y que mira como las imágenes... Si la ves y te dice algo, te caes redondo. Una tarde me pasó la mano por la cara, ¿oyes? y por poco me desmayo de gusto. Una noche estaba en la sala con don Pedro: entré yo, y oí que don Pedro le decía que había bajado del cielo... ella, ella... Yo la llamo La Emperadora: la otra noche soñé que estaba yo en la iglesia, y ella bajando de un altar con una estrella en la frente y muchas flores por aquí y por allí... Sus dedos son azucenas.

—Hijí... no digas bobadas.

—Cuando viene acá, y come en casa, me quedo un rato como lelo mirándola.

Juanito, que era la misma soberbia, no consentía que delante de él se hablase de las grandezas de otras casas sin sacar á relucir al instante las de la suya y las visitas que recibía su madre el día de su santo. En aquella ocasión solemne su madre se sentaba en la silla dorada, y empezaba á recibir gente. Iba un alabardero con su sombrero atravesado, un alférez, muchos señores de sombrero de copa, y uno que va á caballo al lado de la Reina cuando ésta sale de paseo.

—Tiene mi madre dos amigas tan guapas, tan guapas, pero tan guapas—indicó para concluir,—que cuando las ves te entra un frío... ¿estás? Son señoras de unos grandes pejes, y llevan vestidos de seda verde con mucho arrumaco. Una de ellas tiene los pechos así...

Y hacía Juanito con los brazos un grande y bien arqueado círculo delante de su pecho para dar idea, siquiera fuese aproximada, de la delantera de aquella señora desconocida.

—¡Pues lo que es ésta...!—murmuró Felipe.