Y se marchó. El Doctor salió á la antesala ó recibimiento, donde estaba la puerta de la escalera, y se dejó caer en el suelo. No podía tenerse en pie, pues con tantas lágrimas parecía que se le echaban fuera todas las energías de la vida. Desde allí veía parte de la sala donde estaban sus amos, enfurecidos contra él y haciendo comentarios sobre su horrible crimen. De pronto oyó una voz dulce, amorosa, celestial; voz que sin duda venía á la tierra por un hueco abierto en la mejor parte del Cielo. La voz decía:
—Don Pedro, don Pedro, perdónele usted.
—No puede ser, no puede ser.
Protestas de las dos señoras, acusaciones, y recargadas pinturas del feo delito... Pero la voz, constante y no vencida, repitió:
—Perdónele usted... cosas de chicos...
Felipe estaba tan agradecido, que hubiera adorado á la voz indulgente como se adora á las imágenes puestas en los altares. El condenado á muerte no mira al Crucifijo con más esperanza, con más unción, con más gratitud que miró él á la persona que palabras tan cristianas decía.
Polo, cuyo semblante expresaba inexplicable desasosiego, salió á donde él estaba, y le dijo con estudiada entereza:
—No hay perdón, no puede haber perdón. Vete pronto.
Y se volvió adentro... Silencio. Felipe oyó un suspiro, expresión lacónica y hermosísima de un alma que se sentía impotente para hacer el bien que deseaba... Otra gran pausa... Parecía que se retiraban todos á las habitaciones interiores. Desplomábase con lenta caída el día sobre la tarde, la tarde sobre la noche, y la casa se obscurecía gradualmente.
Esperó Centeno un rato. En la soledad era su pena más acerba, su contrición más honda. No tenía fuerzas para marcharse. Quería morir abrazado al suelo y besando los ladrillos de la casa en que había hallado un asilo, sustento, y el pan del alma, que es la instrucción... Sintió pasos. Vió aparecer una hermosa y celestial figura, La Emperadora, la de la voz que pedía misericordia por él... Fuese ó no la tal una beldad perfecta, á él, en tan crítico instante, se le representó como superior á cuanto en la tierra había visto, hermosura de mundos soñados y de sobrenaturales regiones. Por la ventana entraba la luz del crepúsculo. Sobre ella se destacaba la soberana belleza de aquella mujer, rodeada de rayos de oro, echando de su frente fulgores de estrellas. Su ropaje, que sin duda era de lo más vulgar, se le representó á Felipe compuesto de arreboles ó centelleo de pedrerías, y teñido de tintas irisadas, todo sublime, imaginativo, conforme al extraño y admirable caso. La Emperadora le miró sonriendo, y le dijo con voz de serafines: