—No quieren perdonarte... ¡Pobrecito!...¿En dónde pasarás la noche?... Hijo, ten paciencia, y Dios te amparará.
En sus manos blancas y hermosas traía manzanas, pedazos de pan, pasteles y otras cosas dulcísimas de comer.
—Toma esto—le dijo.—No llores tanto. Ten paciencia... Con esto puedes remediarte esta noche.
Después le pasó sus dedos finísimos y frescos por la barba. Él estaba tan ardoroso, que aquellos dedos le parecían de mármol. Aún hizo ella más. Con su pañuelo, que á delicadas esencias olía, le limpió las lágrimas. Después...
Felipe la vió retroceder, mirar hacia la sala, como temerosa de que la espiaran. Volvió junto á él. Metió la mano en el bolsillo, sacó una cosa que relucía y sonaba. De sus dedos salían rayos de plata. Centeno estaba absorto, pasmado, y de su alma se amparaba lentamente un consuelo inefable, paz deliciosa y gratitud que, sobreponiéndose á los demás sentimientos, los sofocaban, y al fin triunfaban de su honda pena.
La Emperadora dió un gran suspiro. Era un alma abrumada que no podía echar de sí esta idea: «¡Qué mal hacen en no perdonarte!»
Y luego le tomó una mano, que él tenía cerrada; abriósela no sin esfuerzo; le puso en el hueco una cosa, cerrándosela luego y apretando los dedos de él; y al concluir, le dijo:
—Con esas seis pesetas te arreglarás por ahora... No puedo darte más.
Felipe se fué.