—¡Ja, ja, ja!—Estas carcajadas eran de Alejandro Miquis, á quien Ruiz explicaba sus nomenclaturas una mañana, que debió de ser la del domingo 19 de Septiembre de aquel año.
—No te rías... Esto es muy serio. Tengo todo preparado para escribir una Memoria. Sin ir más lejos, el Almanaque sería entonces una verdad, y apurando la cosa, no se necesitarían ya ni altares ni iglesias. ¿Qué mejor imagen de un bienaventurado que esas magníficas luces nocturnas que nos embelesan y anonadan? ¿Qué mejor catedral que la aparente bóveda del Cielo? Los hombres adorarían á la entidad San José, San Juan en la imagen luminosa de éste ó del otro astro; y como la celebración de la festividad por la Iglesia coincidiría con un fenómeno astronómico, he aquí establecida simbólicamente una armonía sublime entre la religión y las matemáticas...
—¡Ja, ja, ja!—Miquis mordía el ala de su sombrero: tan dichoso era con lo que oía.
Cienfuegos dijo así:
—Querido Ruiz, no te metas en poner motes... Deja que conserven por allá arriba los bonitos nombres paganos de Casiopea, Ofiucus, Júpiter... Como las beatas sepan la jugada que les preparas poniendo el nombre de cualquier santo á una señora que se ha llamado Venus, te van á sacar los ojos.
Esto lo hablaban en la gran sala cuyo techo y muros están hendidos, formando una línea en la dirección ideal del meridiano. Esta hendidura tiene puertas que se abren con cuerdas semejantes á las que mueven las velas de un buque, y se descubre así la parte del cielo que se desea observar. El telescopio, montado en una especie de cureña, tiene aspecto de cañón aéreo. Le sostienen postes de granito; sólo gira en un plano vertical, y hay sin fin de ruedas y palancas de dorado bronce para mover el gran tubo y colocarlo en el ángulo que exige la observación. Montado sobre carriles, un gran sillón sirve para que el astrónomo se tienda en posición cómoda, y pueda, aplicando el ojo al catalejo, escudriñar cómodamente el espacio y ver todo transeunte del meridiano, sea chico, sea grande: de día, el padre Sol; de noche, ésta ó la otra res del inmenso rebaño de estrellas, ora una clarísima, fulmínea, ora las que vacilantes hormiguean entre la muchedumbre infinita. Se las ve atravesar, impacientes y como perseguidas, el campo del objetivo, dándonos á entender con su aparente carrera la marcha que llevamos nosotros por los insondables derroteros del vacío. El cristal está dividido en cuarteles por hilos de araña cogidos en los árboles para este fin, y que tienen, ¡quién lo diría! aplicación tan sabia y útil. ¡Venturosos animalejos las arañas, que, sin saberlo, son tejedoras de las cuerdas, casi invisibles de puro tenues, con que se toma la medida á las proporciones billonarias del firmamento!
El péndulo sidéreo, colocado á la derecha, parece la imagen de la discreción y de la mesura. Su pulsación suave, el juego de sus manecillas, que tan calladas van marcando los segundos y minutos, embelesan al que lo mira. Se le ve como si fuera una persona, un ser vivo, de madre nacido, con facciones de números y entrañas de animado metal, palpitantes y en ejercicio como nuestras entrañas. Por el mismo estilo que el péndulo, el barómetro registrador parece también un personaje; sólo que el primero es de lo más serio y reposado que se puede imaginar, mientras el segundo, organismo admirable que sabe redactar sus impresiones sobre la pesadez atmosférica, tiene no sé qué de festivo y pueril. Es un geniezuelo, un antropoide cuyo origen no sabe el profano si atribuir á la invención de la leyenda ó á los cálculos del mecánico; es prodigioso cuerpecillo, juguete que parece que tiene alma, y hace ruidos graciosos y extraños, cual si á media voz cantara misteriosas endechas. Hace toda la gracia un escape que juega con la palanca; siguen á esto ruedas silenciosas y graves, y en el término del mecanismo tiene el endiablado instrumento su pedacito de lápiz, con el cual escribe sobre un cilindro de papel... Cuando hay tempestad es cuando tiene que ver. Entonces, agitado el mercurio, que es su sangre, actúa sobre todos sus miembros, y se le ve febril, echando sobre el papel unas rúbricas que son fehaciente expresión del variable peso de la atmósfera.
II
Ruiz, taciturno y atento sólo á su deber, hizo la observación del paso del sol por el meridiano. No se efectuó el acto sin cierta solemnidad como religiosa, con silencio, sosiego y aun algo de poesía, por cuya circunstancia, y por ser operación diaria, decía Miquis que aquello era la misa astronómica. Cinco minutos antes del momento en que el péndulo sidéreo marcara el paso de Su Majestad, manipuló Ruiz en el telégrafo para subir la bola de la Puerta del Sol. Estuvo luego atento, callado, observando el mesurado latir del péndulo; preparó el anteojo con cristal opaco, se puso en el sillón, abrió las compuertas, miró. Una sección del globo inmenso entraba en el campo del objetivo, y su tangencia en los hilos de araña permitía determinar, por cálculo, el mediodía medio, por donde regulamos y medimos estas divisiones convencionales del tiempo, á las cuales acomodamos nuestro vivir. Luego manipuló otra vez para hacer caer la bola de la Puerta del Sol, y cerradas las compuertas y tapado el anteojo, registró los cronómetros y apuntó su observación en un cuaderno. Cienfuegos y Miquis, que habían visto esto muchas veces, permanecieron indiferentes, como los sacristanes ante los sagrados ritos. El uno leía un periódico, el otro se paseaba inquieto á lo largo de la sala.
Pensar que tres españoles, dos de ellos de poca edad, pueden estar en el lugar más solemne sin sacar de este lugar motivo de alguna broma, es pensar lo imposible. Á la iglesia van muchos á pasar ratos divertidos, cuanto más á una sala meridiana donde no hay más respeto que el de la ciencia, donde se entra con el sombrero puesto, y aun se fumaría si la susceptibilidad de los instrumentos lo permitiera. No había concluído Ruiz sus apuntes, cuando Miquis se echó atrás el sombrero, y poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo: