—Á ver tú... ¿por qué no me sacas mi horóscopo?
Era el mismo demonio aquel Miquis; ¡y qué cosas se le ocurrían! Si Ruiz no fuera un si es no es guasón y maleante, se habría escandalizado de aquella proposición sacrílega. Pero como no tenía entusiasmo por la ciencia, no tenía tampoco ese respeto fanático que impone deberes de compostura en ciertos sitios. ¡Oh! Sin ir más lejos... si él hubiera nacido en Inglaterra ó en Francia, habría tenido aquél y otros respetos, sí, señor, porque seguramente ganaría mucho dinero con la ciencia; ¡pero aquí, en este perro país!... Como español (y gato de Madrid, por más señas), podía hacer mofa de todo. Manos á la obra. ¿Horóscopo dijiste? Bien; ¿y de qué se trataba?
Cienfuegos, que sentado en una silla leía La Iberia, alzó los ojos del papel para decir:
—Ya los astros no dicen nada del destino humano. No quieren meterse en vidas ajenas... Desde que se ha empezado á decir de ellos que tienen miseria en sus cabelleras luminosas, es á saber, que están habitados, se han amoscado y no quieren cuentas con nosotros... ¡Oh! si hablaran, Miquis lo agradecería... Está el pobre que no le llega la camisa al cuerpo, pendiente de una resolución, de una sentencia...
Ambos le miraron. Miquis se paseaba á lo largo de la sala, con las manos en los bolsillos, arrastrando sus miradas por el suelo.
—¿Qué es eso, Alejandrito?... ¿Amores?
—¡No, no: valiente tontería! Mejor dicho, vida ó muerte para mí—dijo el estudiante de Derecho parándose ante el astrónomo.—Figúrate que con esta vida jamás está uno en fondos, y la verdad... mejor sería no carecer de nada.
—Eso, aunque no lo digan los astros, es matemático.
—Yo te diré lo que hay—manifestó Cienfuegos.—Alejandro tiene una tía, que le ha prometido darle trigo... pero trigo... en gordo... Pasan días y días, y el recadito de la tía no parece.
—Me dijo que á mitad de la semana, y la semana ha concluído.