—Eso lo sabrá la diosa Isis. Creo que mi tía no tiene fecha. Debe proceder del antiguo Egipto. ¡La pobre es tan buena!... es lo mismo que los chiquillos, ¡y me quiere tanto...! No nos burlemos... señores.

—¡No, no nos burlemos!—declamó Ruiz, remedando la tiesura de un sacerdote de ópera.—Siento no tener aquí una sotana de ala de mosca y un cucurucho lleno de sapos y culebras. Cuando te digo que te voy á sacar el gran horóscopo, y á adivinarte lo que deseas... Sin ir más lejos: en este momento, ¿qué hora es? las doce y veintidós minutos y tres segundos. Al pelo, chico. Mira: el Sol está saliendo de la constelación del León, á quien yo llamaría San Marcos, y entra en Virgo... ¡La Virgen! tu tía... Luego viene la Balanza... ¡dinero...! Esto es más claro que el agua. Tenemos también á Mercurio sobre nuestras cabezas. Este caballero representa el comercio, las jugadas de Bolsa, el papel-moneda. Lo dicho, dicho: el encuentro de Mercurio y la Virgen, puede considerarse como felicísimo augurio. Y si añadimos que al entrar en la Balanza pasa junto al Centauro, que yo llamaría San Ignacio de Loyola, resulta lo siguiente: ¿Qué representa Mercurio? El comercio, las transacciones, el correo. Por algo le representaban aquellos brutos con aladas zapatillas. El correo, fíjate bien. De todo se desprende que debes escribir una carta á tu tía prehistórica, preguntándole qué vuelta llevan esos dinerillos que te prometió, y que no has visto todavía.

—Pues eso no me parece mal—dijo Miquis meditando.—¿Y si me contesta que no?

—Pues si te contesta que no, te metes las manos en los bolsillos vacíos, y te quedas fresquecito, de verano...

Alejandro volvió á pasearse, y Cienfuegos á leer su periódico. De repente, el manchego, con la súbita vehemencia del que tras vacilaciones dolorosas se decide á tomar un partido, gritó:

—¡Pluma, papel, tinta!... Voy á escribir la carta á la diosa Isis...

—Calma, calma: iremos á la Biblioteca. No hay que alborotar en esta santa casa.

—¿Y quién llevará la carta? ¡Es tan lejos!...

—No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.

Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío, qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien á su pensamiento. La una decía: