«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»
Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:
«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me prometió...»
Ras, ras... tampoco valía...
Otra:
«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»
Fuera.
Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un suspiro al cerrarla y repitió su queja:
—No vamos á tener quien la lleve.
—¡Qué pesadez!—dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su lectura.—Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.