—Doctor Centeno, ¿qué haces por aquí? ¿Sirves á estos señores? Como te portes bien, medrarás. Si no... Ya me contó Pedro que tienes mañas sacrílegas y dices muchas mentiras... Ojo, señores, ojo...

Ofendido y malhumorado oyó Felipe estos conceptos; mas nada quiso contestar. Apremiado por Miquis para que fuera pronto al recado de la cartita, echó á correr por la rampa abajo, dejando atrás muy pronto á Morales, que iba con su metódico paso de procesión cívica.

III

Quince días habían pasado desde que el buen Doctor dejó con tan mala ventura la casa de don Pedro Polo... Cayó, como el cabello que cortado se arroja, á los rincones y vertederos urbanos, allá donde las escobas parece que arrastran, con los restos de todo lo útil, algo que es como desperdicio vivo, lo que sobra, lo que está de más, lo que no tiene otra aplicación que descomponerse moralmente y volver á la barbarie y al vicio. ¿Quién le seguirá por esta zona, á donde llegan arrastrados todos los despojos de la eliminación social en uno y otro orden? ¿Quién le seguirá á las casas de dormir, á las compañías del Rastro, á los bodegones y tabernas, á los tejares y chozas de la Arganzuela ó las Yeserías, á la vagancia, á las rondas del Sur, inundadas de estiércol, miseria y malicia? La historia del héroe ofrece aquí un gran vacío que es como reticencia hecha en lo mejor de una confesión. Sólo se sabe que á los dos días de su salida de la casa de Polo, se extinguió el último ochavo de las seis pesetas que le diera la cristiana y al mismo tiempo pagana Emperadora, figura hermosísima que él había visto en alguna parte, sí: en ésta ó la otra página de sus estudios, en la Doctrina Cristiana y en la Mitología. ¡Misterios de la óptica moral! Fuera lo que Dios quisiere, él se había prometido no olvidar á aquella señora en todo el tiempo que durase su vida...

Se sabe también que algunas noches durmió en lo que vulgarmente se llama la posada de la estrella, ó sea al aire libre; que pasó grandes y tormentosas escaseces; que iba todos los días á la subida del Observatorio con esperanza de encontrar al que le protegió, le amparó y le dió ánimos en aquella feliz ocasión; que al fin su puntual fidelidad obtuvo recompensa, como se ha visto, deparándole Dios el encuentro de Alejandro Miquis, prólogo de los importantes acontecimientos que vienen ahora, y paso primero en el nuevo rumbo que toma la vida del héroe, como verán los que no se hayan aburrido de esta lectura y quieran seguir adelante.

Emprendió, pues, la marcha el Doctor para desempeñar su recado, y en la Puerta del Sol, ¡inesperado estorbo! se encontró con que no podía pasar, parque todo estaba lleno y apelmazado de gente. Él, no obstante, había de penetrar entre la multitud para ver por qué motivo se reunían tantas personas. Metióse por las grietas que en la humana masa se abrían; navegó con trabajo por entre codos, piernas, espaldas, y pudo ganar al fin la esquina de la calle de Carretas. Felizmente, había allí un farol que no estaba ocupado, y se subió á él, guardando cuidadosamente la carta en el pecho. ¡Qué bien se veía todo desde aquella altura! «¡Ya!... entierrito tenemos.» Y que el muerto era persona grande lo manifestaba la muchedumbre de acompañantes y de curiosos. Vió Felipe el carro mortuorio, tirado por caballos negros y flacos, con penachos que parecían haber servido para limpiar el polvo de los cementerios; vió el armatoste donde el difunto venía, balanceándose como una lancha negra en medio de las olas de un mar de sombreros de copa; vió los asilados, los lacayos fúnebres, de malísima catadura, y el lucido acompañamiento, ejército sin fin de personas diversas, elevadas y humildes, todo obscuro, triste y hosco. Iba detrás, en primer término, un señor alto y gordo, de presencia majestuosa; á su lado otros muchos, gruesos ó flacos, y detrás un río de levitas y chaquetas. ¡Cómo serpenteaba la fatídica procesión, cómo se detenía de trecho en trecho, cómo empujaba! Era cuña que en las plazas abría la masa de curiosos, y en las calles se dejaba oprimir á su vez por aquélla... Felipe se unió á la comitiva. Tan pronto iba delante con los incluseros, tan pronto atrás, cerca de aquellos señores tan guapotes. Pero él se mantenía siempre á respetuosa distancia: miraba, y nada más. No era como el intruso y farsante Juanito del Socorro, á quien Felipe vió delante de los caballos, apartando el gentío con ridículos y oficiosos aspavientos. «¡Fantasioso!» pensó el Doctor; y poco después, allá cuando iban por la calle de la Concepción Jerónima, vióle atrás, pegado á los faldones del respetabilísimo caballero obeso y de blancas patillas que presidía... «¡Otro más entrometido que Juanito...!»

Por la calle de Toledo, Redator distinguió á su amigo entre la multitud y se fué derecho á él. ¡Qué facha la de Juanito! Llevaba las mismas alpargatas ó babuchas de orillo que usaba siempre, una chaqueta de papá y una corbata negra que su mamá le había hecho para aquella lúgubre ocasión. Se saludaron con un par de estrujones, y Juanito dijo al otro:

—Estoy rendido... Yo fui á avisar á la parroquia para que llevaran los Oles... Después, recado por arriba y por abajo... llevar mucha papeleta, y ahora traer coches... Voy aquí con don Salustiano. Hijí... éste sí que es peje.

Al decir esto, señalaba al señor grueso, persona de tan admirable presencia que á Felipe le parecía, si no rey, un dedito menos. En efecto: el Doctor vió á su amigo meterse entre los señores que iban en la delantera del acompañamiento, estrujándoles la ropa y estorbándoles el paso. Alguien le daba empellones para echarle fuera; pero él á meterse volvía. Al fin de la calle de Toledo, muchos empezaron á ocupar los coches... Felipe entonces, satisfecho de haber visto bastante, acordóse de su deber, y retrocedió para buscar la calle del Almendro.

La cola del inmenso cortejo estaba aún por San Isidro. Allí se apartó Felipe; dió varias vueltas por Puerta Cerrada, mirando letreros, y por fin se internó en la calle del Nuncio. Estaba en camino. Los lacayos de la Nunciatura excitaron su curiosidad, y perdió un ratito admirando tanto galón y tan buenas aposturas. Algunos pasos más, y ya estaba mi hombre en el fin de su viaje. ¡Qué silencio, qué sepulcral quietud la de aquellos lugares! Eran más fúnebres que el entierro y más solitarios que la soledad. Después del bullicio, de la confusión y gentío que había presenciado, verse allí era como caer en un pozo. Y la tal calle se enroscaba marcando una vuelta tan brusca, que no se veía ni el principio ni el fin de ella. Parecía una trampa armada al descuidado transeunte; y todo el que entrase en ella, no como Felipe, sin ver, por ser niño, el sentido de las cosas, creeríase más en Toledo que en Madrid, ó bajo la dominación de los reyes austríacos, amenazado de las uñas de Rinconete. Hoy es la calle del Almendro recogida y silenciosa; júzguese cómo sería hace veinte años, cuando aún la ley de las transformaciones municipales no la había comunicado, derribando casas, con la Cava Baja. Entonces, nadie pasaba por allí que no fuera habitante de la misma calle. Componían gran parte de su caserío las cocheras de la casa de Aransis; la casa de Vargas, sola, misteriosa, abandonada, pues al parecer sólo mora en ella el espíritu de San Isidro. No se conocía en ella ninguna industria, como no fuera la de un colchonero que tenía por muestra un colchoncito de media vara. Había escudos sobre puertas que jamás se abrían, y balcones de hierro que á pedazos, corroídos por el orín, se desbarataban. Dos ó tres casas de alquiler, relativamente modernas, existían en la tortuosa longitud de la calle. Una de ellas, la del núm. 11, que era la que buscaba Felipe, estaba en la rinconada que ha desaparecido para establecer la comunicación de aquel embudo con la Cava Baja. De modo que la casa de la tía de Miquis no existe ya. Hay que figurarla; pero como no faltan memoria y datos, puede decirse que era un edificio del siglo XVII, ordinario, vulgarísimo, feo, con dos pisos altos, puerta de piedra, en cuyo clave se veía grabada la común inscripción Jesús, María y José, y lo demás de revoco.