—¡Pues ya!...

—Preguntas por doña Isabel... esperas contestación, te la da, y me la traes aquí.

Llegó cuando menos se le esperaba don Florencio, muy peripuesto, vestido de negro, con el rostro enmascarado de cierta tristeza fúnebre, y saludó á los tres amigos.

—Ya sabemos á dónde va usted, señor Morales y Tempra...do, don Florencio.

Con solemnidad luctuosa, haciendo con ambas manos una elocuente mímica de ese dolor mesurado y correcto que es propio de las tragedias clásicas, el señor don Florencio dejó caer de su boca esta frase:

—Voy al entierro del gran hombre.

—¡Pobre Calvo Asensio!

En tal día enterraban con gran aparato de gente y público luto al atleta de las rudas polémicas, al luchador que había caído en lo más recio del combate, herido de mortal cansancio y de fiebre; hombre tosco y valiente, inteligencia ruda, que no servía para esclarecer, sino para empujar; voluntad de acero, sin temple de espada, pero con fortaleza de palanca; palabra áspera y macerante; temperamento organizador de la demolición. Reventó como culebrina atacada con excesiva carga, y su muerte fué una prórroga de las catástrofes que la Historia preparaba. Don Florencio, que era su amigo, hacía aspavientos de dolor comedido y decía:

—Entre paréntesis, si no hubiera cambiado su farmacia por esta condenada política, todavía viviría. Era un mocetón... Vamos á echarle un puñado de tierra.

Después, fijándose en Felipe, que oía con el mayor respeto aquellas elegiacas razones, le consagró también á él, pequeñito, una frase llena de socrático sentido: