—Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado,—dijo Miquis, mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.

El héroe empezó á dar señales de vida. Agasajábase poco á poco en la pañosa, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.

—Como me la rompas, verás...—le dijo Miquis amenazándole.—Vamos á cuentas. ¿Te tomarías tú un café?

Creyérase que estas palabras tenían la preciosa virtud de resucitar á los muertos, según se despabiló nuestro hombre.

—No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.

—¿Te comerías tú una chuleta?

El muchacho miraba con espanto á su favorecedor. Estaba atónito de puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.

—Si es idiota... ¿pero no lo ves?

—Dime, ¿eres idiota?

El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su muda réplica quitaba toda duda.