—El tiempo vuela.

Alejandro le alargaba su mano, cuando la señora, resistiéndose á estrecharla con la suya, le dijo:

—No, grandísimo gorrino; no juntarás tu mano asquerosa con la de una dama... Es preciso que te civilices. Ven acá y lávate.

Llevóle á su cuarto, y echando agua en la jofaina, le obligó á darse una buena fregadura en las manos. Ella misma le ayudaba con tanta fuerza, que por poco le despelleja. Esto lo hacía casi siempre que el estudiante iba á su casa. Mientras se lavaba, la Godoy decía:

—Así, así. ¡Oh! ¡qué niños éstos! ¡Cuándo se había de ver en mi tiempo un joven con esas manazas de cavador!... Otra cosa hay que me estomaca, y es esas barbas que han dado en usar ahora todos los hombres.

Alejandro tenía en su cara un vello, ya muy crecido para bozo, si bien corto aún para ser barba, en el cual nunca había entrado la navaja, por tener su dueño el propósito de ser con el tiempo un sujeto barbudo, conforme á la moda corriente. Doña Isabel, mientras él purificaba sus manos, tirábale de aquellos miserables pelos, diciéndole:

—¡Qué bonito! Pero ¿qué hermosura encontráis en esta suciedad? Por fuerza los espejos de hoy no son como los de mi tiempo, y hacen ver las cosas de otro modo. Pareces un chivo. Si quieres que te quiera, échate abajo ese perejil mal sembrado.

Á todo se mostraba él conforme, y más cuando ella pronunció, con tono de familiar amenaza, estas palabras:

—Cuidadito con el comportamiento... Cuidadito con la manera de gastar el dinero... Mira que yo lo sé todo; mira, Alejandro, que nada se me oculta, y que sin salir nunca de este rincón, puedo enterarme de todo lo que haces. ¡Mira, Alejandrito, que yo he nacido en Jueves Santo!... Tú no seas malo... Mira que te estoy mirando siempre...

Él prometió ser todo lo bueno, juicioso y arreglado que en lo humano cabe. Pues no faltaba más... Al prometerlo así, hablaba como una máquina: su entendimiento seguía en rebelión, arrastrado en el velocísimo giro de un vórtice de disparates. Su tía, cuando concluyó de amonestarle, se sintió tocada otra vez de aquel prurito de recorrer la habitación y apartar un insecto... Vestía la Godoy traje blanco, y el pañuelo se le había desatado y le caía como toca flotante. Alejandro no pudo menos de representársela semejante á la imagen de la novelesca Matilde, vestida de blanquísimo hábito monjil, y los aspavientos de la buena señora eran lo más adecuado á los ademanes de la heroína cuando Malek-Adhel la roba y se la lleva en brazos, á caballo, por los polvorosos desiertos.