—Adiós, tía.
Arrojóse la señora en brazos de su sobrino y le dió un cariñoso beso... ¡Plata y verde relucieron en su mirada! Á los ojos de Miquis, todo se transformaba. Por momentos, doña Isabel parecía volver al prístino estado que representaba su retrato en galana y fresca miniatura; la estera amarilla y roja tomaba las sucias tintas azuladas y los garabatos de los billetes de Banco; el camello echaba bendiciones; al santo le salía una joroba, y él mismo, Alejandro...
¡Á la calle!
IX
Entre tanto, á Felipe le pasaban en el recibimiento cosas muy peregrinas. Allí no había más luz que las extrañas claridades de los gatunos ojos, y alumbrado por ellas, aguardaba el escudero á su señor, pidiendo á Dios que saliese pronto, porque se aburría, acompañado tan sólo de los mansos animales, que se le subían por brazos y piernas y se le sentaban en los hombros, produciéndole estremecimiento el roce de sus blandas patas frías. De pronto, al pasar la mano por el lomo de uno de ellos, vió con asombro que el animal echaba chispas... chispas azuladas, lívidas... ¿Qué podía ser?... Pasaba, pasaba la mano, y las gotas de luz salían de entre los pelos. ¡Pavoroso, inexplicable suceso! Probó en otros gatos, y en todos ocurría lo mismo. Esto y la obscuridad de la casa infundíanle mucho miedo... Quieto se estuvo en el durísimo asiento, hasta que se le ocurrió, para distraerse, asomar el hocico por una ventanilla que al patio daba. Nunca tal hiciera. Desde aquella ventana veíase otra, situada más abajo y correspondiente al piso principal. En este segundo hueco había claridad; pero ¡qué cosa tan horrible! Aquella claridad dábanla unas velas verdes encendidas delante de un altarejo lleno de santicos y otras figurillas, las cuales eran sin duda imágenes de diablos y criaturas infernales. También vió Felipe una mesa llena de naipes, y junto á ella una figura siniestra y horripilante: una mujer con mantón negro por la cabeza, haciendo arrumacos y garatusas.
Retiróse de la ventana el muchacho asustadísimo, diciendo para sí: «Esta ha de ser la casa del Demonio... Yo también, como los gatos, echaré chispas.» Se pasaba las manos por sus propios hombros, á ver si él también chispeaba; pero nada: frota que frotarás, no podía sacar de sí ni una sola centella. Por fortuna suya, salió Miquis de la sala, y ambos se fueron á la calle. Doña Isabel dió á Felipe, al despedirle, un puñado de cañamones tostados, que él tomó con ánimo de tirarlos en cuanto salieran, como lo hizo, murmurando:
—Aquí todo es brujería... por fuerza... Quieren que yo me coma esto para que me vuelva pájaro...
Y le faltó tiempo para contar á su amo lo de las chispas gatunas y lo de las velas verdes. Miquis, al poner el pie en la calle, como que descendió á la atmósfera real de la vida, dejando atrás y arriba la quiromancia con sus mentirosos embolismos. Reíase á carcajadas de los terrores de Felipe, al cual desde aquel momento designó y consagró por sirviente, espolique ó secretario, diciéndole:
—Pues no hay más que hablar, chiquilín. La cosa salió bien. Eres mi criado. Yo necesito ahora de un ayuda de cámara, porque...
Sus ideas no eran claras, y el correr de su mente tan veloz, que las ideas no tenían tiempo de esperar la expresión de los labios. Se desvanecían al nacer, dejando tras sí otras y otras.