Aunque era domingo, muchas tiendas estaban abiertas. Pasaron por una zapatería, cuyo iluminado escaparate contenía variedad de calzado para ambos sexos.
—Para, cochero—gritó Alejandro,—y tú, Felipe, baja. Te voy á comprar unas botas, porque me da vergüenza de que te vea la gente con esas lanchas que tienes, que parece fueron de tu señor tatarabuelo.
Felipe bajó gozoso; entró en la tienda. Al poco rato volvió á decir á su amo:
—Me he puesto unas... Pide cincuenta y seis reales.
—Toma el dinero, paga y ven al momento.
Al poco rato volvió á aparecer el gran Felipe muy bien calzado y con las botas viejas en la mano.
—¿Qué hago con éstas?
—Tira eso; tíralas...
Felipe las tiró en medio de la calle, no sin cierto desconsuelo, porque las botas, aunque feas, todavía servían, y era él sujeto arreglado y aprovechador, que no gustaba de tirar cosa alguna.
—Adelante, cochero.