Felipe levantaba los pies del suelo, y se reía de verse tan majas las extremidades inferiores. Eran las nueve y media.
—¡Cochero, cochero!—volvió á gritar Miquis.
Detúvose el vehículo á la entrada de la calle de la Montera, y Alejandro, desde el ventanillo, llamó á un amigo á quien había visto pasar.
—¡Arias, Arias!
El llamado Arias acudió, y ambos amigos dialogaron un instante, con entrecortado estilo, en la ventanilla.
Miquis—¿Vas al café?
Arias.—Sí: ¿por qué no has ido á comer?
Miquis.—He tenido que hacer... Ya contaré.
Arias.—(Con intuición.) Tienes cara de contento... ¡Tú posees vil metal!... ¿Á dónde vas ahora?
Miquis.—Á casa del famoso Gobseck. Quiero pagarle un pico esta misma noche.