—Á donde se coma.

—¿Pero tú tienes ganas de comer? Yo no. Quisiera ir antes á comprar unos libros.

—Si están las tiendas cerradas... ¡qué hombre éste...!

—Vamos á casa de don Alonso Gómez... Auriga: Sordo, 14.

Alonso Gómez era un acreedor de Miquis, estudiante y buen amigo. Tuvo la suerte de encontrarle aquel excelente pagador, y después de darle veinte duros que le debía, le prestó encima otro tanto, viniendo á ser inglés el que antes estaba bajo el nefando peso de una deuda. Eran las diez y diez.

—Quiero desempeñar esta noche misma mi reloj—pensó Alejandro.—¡No puedo estar sin saber la hora! Automedonte, Montera, 18... ¡Ah! no... tengo que ir antes á casa por la papeleta.

Y el coche siguió su laberíntico viaje por calles y callejuelas. El bienaventurado manchego subió á su casa. De sus compañeros de hospedaje, algunos estaban en el café, otros estudiaban. Cienfuegos le salió al encuentro. Vióle exaltado y como delirante.

Cienfuegos.—Chico, acuéstate; tú no estás bueno.

Miquis.—(Delirando.) Tiíta... cañamones... horóscopo... papeleta... juros... coche abajo... reloj... buenas noches.

Cienfuegos.—Que no estás bueno, hombre... ¿Pero qué hay? ¿Y aquello?