Miquis.—(Más dueño de sus ideas.) Todo á maravilla. ¿Y tú?
Cienfuegos.—(Estrujando un libro.) Yo desolado... Pensaba vender mi esqueleto... calavera... doce duros... Quiero decir, el esqueleto que compré para estudiar... ¡Horror de los horrores! Doña Virginia esta noche...
Miquis.—(Impaciente, sin sosiego.) ¿Qué?... ¿Habráse atrevido...?
Cienfuegos.—(Casi llorando.) Me ha armado un escándalo... delante de todos... Que si no le pago...
Miquis.—(Echando fuego por los ojos.) No te apures.
Cienfuegos.—(Con el alma en un hilo.) ¿Y tú podrás...?
Miquis.—(Sacando con gallardía un puñado de rayos de oro y otro puñado de hojas sobadas y mugrientas, que son las plumas de los ángeles.) Mira... cuatrocientos, quinientos, seiscientos... ¿Es bastante?
Cienfuegos.—(Á punto de desfallecer de emoción.) Sí... ¡oh! (Canturriando.) «Dell commendatore non é quella l’ statua.»
Miquis.—(Echando música, luz y espíritu por todos sus poros.) Abur, abur... «Bel raggio lusinghier...»
Recogida la papeleta, volvió al coche, y sin pérdida de tiempo redimió su reloj cautivo. Cuando bajó con él al coche, eran las diez y treinta y cinco. Encontró á Felipe desfallecido. El pobre muchacho le dijo con desmayado acento y mucha cortedad que él no podía aguantar más; que si tenía su amo la bondad de darle real y medio, se iría á cualquier taberna y se tomaría unas judías ó media ración de cocido.