—Anda, pillete... Á buena cosa habrás venido tú... Con que á desaprender... ¿En qué has venido? ¿en tren, en carromato...?
—Re-córch... Á patita limpia, señor... Siete desemanas y dos días.
—¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear...
El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera, habría protestado severamente. Tan sólo dijo:
—Busco un desacomodo.
No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de mi hombre aquel barbarismo de anteponer á ciertas palabras la sílaba des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y expresión y que se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.
—¿Buscas un des...? ¿Qué dices, muchacho?...
—Digo que estoy buscando... de ver cómo encuentro... de que poniéndome á servir á un señor, me deje tiempo para destruirme.
—Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que he visto... Pero explícame, ¿cómo te las arreglas? ¿cómo y dónde vives? ¿quién te mantiene?
El héroe dió un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro de la rotonda del Observatorio.