De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe, mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.

—Ea, siéntate aquí—dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y las estrellas.—Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?

Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada sobre una silla, empezó á pasearse por la habitación, golpeando duramente con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo desde la estancia interna que con aquélla se comunicaba:

—Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?

—Todavía... Vamos, vamos, prisita, prisita... ¡Qué horas de comer!...

III

Desde el ángulo en que Felipín estaba, quietecito, cohibido, con los pies colgando del alto banco y la gorra en la mano, no se veía sino un extremo de la pieza inmediata, que debía ser como salón ó estancia principal del domicilio florentino. Allí estaban reunidos los convidados, esperando el momento. Se oía gente y gozosa algazara: voces de muchachas, ruido de platos, risas de niños. Felipe veía una de las cabeceras de la mesa, y deliciosos olores de cocina le anunciaban lo que iba á pasar. El observaba todo, callado y circunspecto. Nada perdía su activa penetración; á su instintivo examen de las cosas, nada se escapaba. De todo, imágenes y olores, iba tomando acta, así como de la figura grande y paternal de don Florencio, comedido, solemne; de aquellas cejas negras y espesas que parecían dos tiras de terciopelo; de aquel bigote blanquecino, recortado y punzante como los pelos de un cepillo; de la gorra de seda que usaba para dentro de casa; de sus botas tan relucientes como grandes; de la exactitud de su andar y ademanes, que le daba cierto parentesco con los péndulos de la casa. Tampoco perdía Felipe detalle alguno de los preparativos, aun sin verlos. Seguíalos con atención discreta, paso á paso, en su rápido progresar, y decía para sí: «Ya ponen las sillas, ya traen la sopa, ya se sientan, ya echan agua en las copas, ya empiezan.»

Don Florencio vió con marcada satisfacción que la comida empezaba, y dió su último paseo. Su mujer salió á recibirle.

—Todavía el izquierdo está como hielo—dijo él dando una gran patada con la aludida extremidad.—¿Vamos á la mesa? Gracias á Dios. Ya era hora.

Felipe notó entonces aumento y difusión de los diversos vapores de comida. Tan pronto olía á cosas fritas, tan pronto á guisados, todo suculento, delicado y confortativo. Él miraba, afectando cierta indiferencia mezclada de compostura, con disimulos muy trabajosos de su verdadero anhelo; y veía que don Florencio, sentado en la cabecera de la mesa, que justamente caía delante de la puerta, le vigilaba desde su asiento. Á los otros comensales no les veía Felipe; pero les oía, y podía distinguir, por el metal de cada voz, las varias personas que estaban en la mesa. El habla de la señora con ninguna otra podía confundirse; había dos voces que parecían de señorita fina, dos ó tres de niño, y á todas las dominaba una varonil, sonora, grave, al mismo tiempo decidora y chispeante, pues no pronunciaba palabra alguna que no fuera seguida de generales risas y alabanzas.