No estuvieron reacios los tres amigos en la aceptación del obsequio. Don Florencio, escanciando el Jerez, habló un poco de asuntos de la casa... El señor director volvería pronto de Alemania... Se iban á emprender algunas obras en la meridiana y en la biblioteca... Había llegado un gran cajón con el nuevo barometrógrafo encargado á Londres... Luego, volviéndose á Miquis, le dijo:

—¡Cuánto nos hemos reído con su amigo!

—¿Qué amigo?

—El de la capa, ese infeliz... Le hemos dado de comer, y nos ha contado su historia... ¡Cómo se han reído las chicas!... ¡Á Perico le ha caído tan en gracia...! Le hemos hecho mil preguntas. Dice que ha venido de su pueblo á patita para meterse de médico. ¡No, no reirse, señores! Hay casos, hay casos. Yo soy viejo, y he conocido á don Lorenzo Arrazola empollando las lecciones de noche, á la luz de los portales de las casas... Éste apenas sabe leer; pero tiene una viveza... Dice que estaba en unas minas, que es de la familia de las piedras, y que á él se le ha puesto en la cabeza curar. Todo su empeño es que le tomen de criado, y que le dejen aprender. Á mi primo le ha entrado por el ojo derecho... Entre paréntesis, creo que conocen ustedes á don Pedro Polo y Cortés, capellán de las monjas de San Fernando. Pero no sabrán que tiene una escuela muy bien montada en el hermoso local que le han cedido las señoras á espaldas del convento.

—Le conozco—dijo Miquis con malicia.—Es un cura muy guapetón. Le he visto muchas noches por esas calles embozado en su capa...

—Alto allá, niño. No haga usted suposiciones injuriosas...

—Le he visto en el café...

—Alto...

—Pero, don Florencio, ¿esto es suponer mal? Esto significa que el padre Polo no es hipócrita.

—Como simpático—dijo Cienfuegos usando un giro popular,—lo es.