—Hombre que no gasta remilgos, pero que sabe como pocos su obligación de sacerdote... Yo lo puedo asegurar así á los señores que me escuchan—dijo con voz altisonante don Florencio, que admiraba mucho á Olózaga y tenía de cuando en cuando sus dejos y sonsonetes oratorios.—Es Pedro de la mejor pasta de hombres que conozco. Nada de hipocresías: no es él de esos que dicen una cosa y hacen otra. Lleva el corazón en la mano, y todo cuanto tiene es para los necesitados. Hay quien le critica porque gusta de vestir bien de paisano. ¿Y qué, señores? Para ser bueno, ¿es preciso andar cubierto de andrajos? Muchos conozco, señores, que andan por ahí como anacoretas, y luego en el hogar doméstico... Me callo.

—He oído que el padre Polo es furibundo gastrónomo.

—Alto ahí... Sobre eso también hay pareceres—añadió Morales tomando asiento.—¿Que le gusta comer bien en días señalados? Y entre paréntesis, señores, mi mujer nos ha dado hoy una comida... francamente, creo que ni en Palacio. Volviendo al punto que se debate, diré que sí, ciertamente, á Perico le gustan los buenos platos... Y entre paréntesis, ¿saben ustedes que poquito á poco se ha ido haciendo predicador, y es uno de los mejores que tiene Madrid? Yo soy viejo, he oído muchos oradores en las Cortes, en la Cátedra del Espíritu Santo, y cábeme la satisfacción...

—Muy bien,—clamaron los tres aplaudiendo.

—Cábeme la satisfacción...

—No se corte usted á lo mejor... Adelante.

—Entre paréntesis—dijo Cienfuegos con viveza.—También ha tenido usted hoy á su mesa dos chicas preciosas.

—Son hijas de un pariente, el conserje de la Escuela de Farmacia: Amparo y Refugio, dos ángeles, señor de Cienfuegos; trabajadorcitas, modestas. ¡Cómo se han reído con las cosas de Pedro! Porque Pedro es hombre de mucha sal... ¡Y qué corazón, señores! Un ejemplo: vió á ese chico, le encontró simpático y listo. Á todos nos daba mucha lástima. Al instante Pedro se volvió á mí y me dijo: «Don Florencio, éste es un hombre: le tomo por mi cuenta.» Y yo le dije... llévale de criado y enséñale en tu escuela... Entre paréntesis, señores, los hombres que, como Pedro Polo, se lo deben todo á sí mismos; los hombres que han trabajado para subir desde la nada de su origen al todo de su posición actual; los hombres, en una palabra...

Ésta era ya demasiada oratoria para don Florencio. La plétora de sus ideas le congestionó y no pudo concluir bien aquel brillante rosario de conceptos.

—Quiero decir—prosiguió,—que estos hombres son los que mejor pueden apreciar el mérito y las disposiciones... Volviendo al importante asunto que nos ocupa, diré á los señores que me escuchan que Pedro va á ser nombrado capellán honorario de Su Majestad. Esto no es paja...