Ligerísimo, expresando su afecto con saltos, como un perrillo, emprendió Felipe la marcha al lado de su protector. No puede formarse idea de lo que padeció su dignidad al oir decir á Cienfuegos:

—¿Estás loco? ¿Á dónde vas con ese espantajo?

—Á casa. Le voy á dar ropa.

—¡Ropa!... Mañana voy con aquel caballero... Á las ocho, á las ocho... Me toma de criado, y me enseña todo lo que sabe,—dijo Felipe brincando.

—¿Te pondrías tú unas botas mías?

—¿Qué hacer?...

—Pues yo le voy á regalar una corbata verde,—indicó Cienfuegos.

—Y tengo yo una levita, que se la podría poner un duque.

Oyendo tales cosas, veía el bueno de Felipe delante de sí mundo risueño de comodidades, glorias, grandezas y regalo. El cielo se abría plegando su azul, como las cortinas de un guardarropa, y mostraba una y otra prenda: ésta para invierno, aquélla para verano; y tras la ropa, mil objetos de lujo y opulencia, como por ejemplo: varias cajas de cerillas, un bastoncito, un reloj con tres varas de cadena, anillos, una cartera con su lapicito para apuntar, paraguas, etc.

—Y dos camisetas viejas, ¿qué tal te vendrían?