—Vamos, que tengo yo un cinturón de gimnasia que no me sirve para nada...
—Y yo un sombrero número 3. ¿Te lo pondrás?
Felipe brincaba. Su gratitud no podía ser elocuente de otro modo.
—Es tarde—dijo Cienfuegos avivando el paso.—Doña Virginia se va á poner furiosa porque tardamos.
—Valiente cuidado me da á mí de doña Virginia. ¿Dí, Felipe, dormirías tú en una cama de colchones si te pusieran en ella?
Felipe, atacado de un gozo convulsivo, echó á correr, desapareció. Al poco rato. Miquis le sintió á su espalda, imitando con donosura infantil el ladrar de un cachorrillo.
Á trechos con prisa, á trechos lentamente, disputando en cada esquina y pasando repetidas veces de una acera á otra, llegaron los dos amigos y su protegido al centro de Madrid. Por cualquier motivo fútil, cuando no lo había de importancia, habían de estar siempre cuestionando y riñendo Miquis y Cienfuegos. En ellos la amistad no habría tenido goces despojada de la irritación de la controversia, y de aquel dramático interés que provenía de las frecuentes embestidas entre uno y otro temperamento. Lo que hablaron, lo que argumentaron, lo que por aquella simpleza de ir á prisa ó ir despacio dijeron, no se puede contar. Á poco más pasan de las palabras á las obras.
—Es que no me gusta que esperen por mí.
—Mira no te vaya á comer doña Virginia...
—No es sino que...