Obsequiaba Polo á sus amigos con exquisita urbanidad. Vestía, no sin elegancia, su negra sotana limpia, y más que rancio y descuidado cura español, parecía uno de esos italianos de la Nunciatura, hechos al roce del mundo y al trato de gentes cortesanas. Cuando se suscitó aquella cuestión de si estaba más ó menos guapo en el púlpito, echóse á reir y dijo con mucha sorna:
—Pero, Refugio, si tú no me has visto... Yo te ví, y me parece que te dormías.
—¡Don Pedro!
—¿No es verdad, Amparo? Ésta lo dirá. ¿Es cierto ó no que Refugio estaba dando cabezadas?
—¡Quien las daba era ella!—exclamó Refugio señalando á su hermana.
—¿Yo?... ¡Si no quitaba los ojos de don Pedro...! Que lo diga él.
—Bien, bien. ¿Esas tenemos? ¡Don Pedro!... ¡Amparo!—exclamó el fotógrafo, riendo y envolviéndose una mano en otra, pues era hombre que no sabía decir sus bromas sin amasarse las manos con tanta fuerza cual si de las dos quisiera hacer una sola.
—¿Y cuándo predicamos en Palacio?—preguntó en tono de excelsitud el señor de Morales, ávido de cortar, con una proposición seria, aquel tema tan baladí.
Don Pedro dió media vuelta para contestar á Sánchez Emperador, que le daba su parecer sobre el vino que bebían. Este señor y el empleado de Hacienda no gastaban cumplidos para aceptar copa tras copa, y se reían de Morales, considerándole el estómago lleno de ranas, sapos, anguilas y otras diversas alimañas acuáticas. Pero él, sin darse por vencido, antes bien orgulloso de su pasión por las aguas, gritaba cogiendo el vaso, lleno hasta los bordes del licor del Lozoya:
—Estas son mis bodegas. Vaya una cosa rica... No me harto nunca.