Felipe bajaba á cada instante al torno de las monjas, para traer cestas llenas y llevarlas vacías.

Bizcochos, mojicones, bartolillos, pasteles, mazapanes y otras menudencias ocupaban toda la mesa, pasando fugaces desde las bandejas á las tragaderas del fotógrafo, de Sánchez Emperador y del hacendista, que eran los principales consumidores. Bienaventuradas bocas, ¡para eso os cría Dios! En poco tiempo descubrióse el fondo de las bandejas. Había, entre los felicitantes, ropas polvoreadas, dedos untados de pegajoso caramelo y barbas con canela.

Doña Claudia, que estaba en todo, dijo á Felipe:

—Vete corriendo al locutorio y dí á las señoras monjas que no se olviden de mandarnos el pebre para la salsa del cabrito.

Volviendo luego á la hermosa Amparo, que á su lado estaba, le dijo:

—Es el pebre picante de que hablábamos ayer, fuertecito como á tí te gusta. ¡Verás qué cosa tan rica!

Don Pedro, que no cesaba de mirar á todos lados repartiendo por igual sus finezas y ofrecimientos, alcanzó á ver, allá junto á la puerta, lejos del animado grupo, ¿á quién? al propio don José Ido, humilde y modestísimo en todas las ocasiones, y más en aquélla, pues tanta era su timidez, que habiendo entrado de los primeros, hacía media hora que estaba allí sin que nadie reparase en él, y ni avanzar quería ni retirarse por miedo á llamar la atención. Estaba el pobre sin saber qué hacer, inmóvil y pestañeando, parado y atónito, cual sí le estuvieran dando una mala noticia. Don Pedro, con aquella generosidad rumbosa que era la flor tardía, pero lozana, de un honrado carácter, llegóse al pasante, le trajo por el brazo al círculo de amigos y con cariñoso modo le dijo:

—No tenga usted miedo, Ido. Tomará usted una copita.

Ido refunfuñó no se sabe qué excusas; pero negarse á recibir la copa y tomarla, todo fué uno.

—Un bollito, don José.