No se sabe la hora ni el momento preciso en que hizo su aparición en el redondel aquella novedad inesperada, admirable, verdadera. Imposibles de pintar el asombro, la suspensión, el alarido de salvaje y frenética alegría con que Felipe fué recibido... Hubo delirante juego, pasión, gozo infinito, vértigo... después, cuando menos se pensaba, policía, guarda, escoba, caídas, dispersión, persecución, golpes... Así acaban las humanas glorias. Vióse una víctima por el suelo, hecha trizas: una cabeza partida en dos, en tres, en veinte fragmentos. Por aquí un cuerno, por allí un pedazo de cráneo, más lejos medio hocico. El guarda recogió los diversos trozos en un pañuelo, y tomándolo cuidadosamente con la mano izquierda, con la derecha agarró al criminal y se dispuso á llevarle á la presencia del maestro para que éste hiciera ejemplar justicia. La partida se dispersaba por la calle de la Libertad, dando gritos, silbidos y alilíes. Felipe, sobrecogido y aterrado, no podía con el peso de su conciencia.

Cuando el guarda llegó á la casa-escuela, encontró al fotógrafo en la puerta y le dijo:

—He llamado tres veces, y no abren. Parece que no hay nadie.

Enterado inmediatamente de la fechoría de Felipe, dijo aquel gran hombre las cosas más sesudas acerca de la moral pública y privada.

—Ahora recuerdo—añadió,—que te ví salir á las tres con un bulto envuelto en un pañuelo, y dije para mí: ¡Si habrá robado algo ese perillán!... Ahora, ahora, amiguito, te las verás con tu amo.

Subieron y llamaron. Transcurrido un largo rato, el mismo don Pedro abrió la puerta... ¡Tremenda escena! Felipe rompió á llorar con vivísimo desconsuelo. El guarda hablaba, el fotógrafo hablaba, don Pedro hablaba. Todos, todos le abrumaban á gritos, apóstrofes y acusaciones; pero él no podía responder. El fotógrafo se permitió estirarle una oreja, diciendo:

—Principias mal... mal. ¿Á dónde llegarás tú con estas mañas?

Lo peor del caso fué que en éstas llegaron doña Claudia y Marcelina. Pronto se informaron las dos del nefando suceso, y por poco descuartizan allí mismo al pobre Doctor; pues si ésta le tiraba de un brazo, aquélla le sacudía el otro con furor de justicia.

Don Pedro estaba grave y patético. No le decía injurias, pero no le disculpaba; no le llamaba «ladrón sacrílego» como Marcelina, pero tampoco profería una sílaba en su defensa.

Por último, se atrevió Felipe á balbucir alguna excusa. Más que defenderse, lo que intentaba era pedir perdón. Pero aún no había abierto la boca, cuando las dos mujeres clamaron á una: