—No se le puede creer nada de lo que diga; no abre la boca más que para decir mentiras.
Felipe se calló, y he aquí que don Pedro afirmó con prontitud:
—Es cierto: no dice más que mentiras, y nada de lo que hable se le puede creer.
Parecía que el formidable maestro revolvía en su mente una determinación grave. De repente dijo con sequedad:
—Felipe, ahora mismo te vas de mi casa.
—¡Ahora mismo!—repitió doña Claudia.
—¡Antes ahora que después!—regurgitó la fea de las feas, que, habiendo subido al desván, volvía espantada de los destrozos que en las cosas santas hiciera Felipe.
Y más pronto que la vista volvió á subir y tornó á bajar con un lío de ropa, que entregó al criminal, diciéndole:
—Aquí tienes tus pingajos.
—Ni un momento más.