—No faltará quien la lleve. No te apures. Irá el Centauro, ó mandaremos al mismo Mercurio. Vamos á la Biblioteca.
Pasaron á donde decía Ruiz, y Miquis se puso á escribir. ¡Dios mío, qué premioso estaba aquel día! No sabía cómo empezar, ni en qué forma y con qué materiales construir la deseada epístola. Tres ó cuatro empezó y las tuvo que romper, porque ninguna de ellas respondía bien á su pensamiento. La una decía:
«Querida tiíta Isabel: Tengo que ir esta noche al baile de la Embajada austriaca, de frac; y como usted comprenderá...»
Ésta no servía. Ras... Empezó otra así:
«Estoy enfermo en cama. Me visitan siete médicos, y con tanta visita y gastos de botica, se me acabó el dinero que tenía. Como usted me prometió...»
Ras, ras... tampoco valía...
Otra:
«Estoy en casa de los catedráticos haciendo un trabajo...»
Fuera.
Por último, encontró la fórmula y la carta quedó escrita. Dió un suspiro al cerrarla y repitió su queja: