—No vamos á tener quien la lleve.
—¡Qué pesadez!—dijo Cienfuegos, suspendiendo otra vez su lectura.—Cuando éste coge un tema... La llevaré yo, si es preciso.
—Si es en los quintos infiernos... allá, donde Cristo dió las tres voces.
—Sea donde fuere... Ese es atroz cuando da en encontrar dificultades y en echar lamentos.
—Vamos á casa—dijo Ruiz.—Veremos si hay algún ordenanza. Don Florencio nos sacará del paso...
Salieron, y lo primero que vió Miquis fué el famoso héroe de aquel otro domingo, que gozoso y algo conmovido se acercó á saludarle, gorra en mano.
—Hola, mequetrefe, ¿tú por aquí otra vez? ¿Qué es de tu vida?
Felipe, confuso, no sabía qué contestar, pues érale muy difícil exponer en breves palabras los motivos de su salida de la paternal casa de don Pedro. Temía que su protector, por falta de explicaciones circunstanciadas, atribuyera la expulsión á cualquier falta denigrante y odiosa.
—Te has civilizado... ¡Pero qué bonita has puesto mi ropa! Es verdad que lleva tiempo... Y hablas ya como la gente. Lo que menos creías tú era verme aquí.
—Señor, estoy viniendo todos los días á ver si le veo...