Brasero de cobre sobre claveteada tarima ocupaba el centro del gabinete; pero no le veríais lleno de frías cenizas ni de brasas ardientes, pues jamás, ni en invierno ni en verano, sirvió para calentar la habitación, sino que hacía diariamente el papel de búcaro, ostentando un gran ramo de hierbas olorosas y algunas flores. Era pebetero más que estufa. En vez de calentarse con fuego, sin duda la habitadora de aquel recinto se confortaba con aromas y se templaba con poesía.

Ya llega: vedla salir por la puerta de su alcoba, y venir afable y obsequiosa á nuestro lado... ¡Admirable figura! Sólo el que en absoluto esté privado de memoria, podría dejar de recordarla. Tenía el cabello enteramente blanco y rizado; los ojos obscuros, alegres y amorosos; era delgada, derecha como un huso, ágil, dispuesta, y más que dispuesta, inquieta y con hormiguilla. Su edad, ¿quién la sabe? Decía Alejandro que su tiíta era contemporánea del protoplasma, para expresar así la más larga fecha que cabe imaginar. Puede decirse, en corroboración de esto, que la señora era una de esas naturalezas escogidas que han celebrado tregua ó armisticio con el tiempo, y que tienen el don de prolongarse y conservarse momificadas en vida para dar qué decir y qué envidiar á dos ó tres generaciones. Quién le echaba noventa años, quién sólo le contaba setenta y seis, y no faltaba algún computador que ponía ciento y un pico. Cualquiera que fuese su edad, era gran maravilla cómo sabía conservar su salud y sus bríos. Mujeres hay de veinte años que si se sentaran y se levantaran, y dieran las vueltas por la casa que daba esta señora al cabo del día, caerían rendidas de cansancio. No le hablaran á ella de estarse quieta. Sin movimiento y vaivén constante no podía aquella señora vivir. Tenía la ligereza de la ardilla, y algo de lo impalpable y escurridizo de la salamanquesa. Entraba y salía por aquellas puertas sin hacer ruido alguno. Sus pasos no se sentían. Calzaba zapatillas con suela de fieltro, y su cuerpo, más que compuesto de huesos y músculos, parecía un apretado y enjuto lío de algodón en rama. Su cara, como observó muy bien Felipe, era cual las de las muñecas de barniz, con un rosicler intenso y extraordinario lustre. Por don especial de su naturaleza, aquel lustre purísimo le disimulaba las arrugas, y su estirada piel se había endurecido, tomando aspecto de porcelana. Atribuía ella esta virtud á la costumbre de lavarse y fregotearse bien con agua fría y jabón de Castilla todas las mañanas, y darse luego unos restregones que la ponían como un tomate. Se envolvía la cabeza con un pañuelo de hierbas, cruzándolo y anudándolo con cierto arte á estilo vizcaíno, dejando ver parte de sus cabellos blancos y ensortijados como el vellón del Cordero Pascual.

Tenía un fanatismo que la avasallaba: el de la limpieza. Su vida se distribuía en dos clases de ocupaciones, correspondiendo á una división metódica del día en dos partes. Por la mañana, consagraba tres horas á la parroquia de San Pedro, donde oía cuatro ó cinco misas. Desde que tornaba á su casa hasta la noche, pasaba invariablemente el tiempo limpiando todo, frotando el nogal de los muebles, lavando con un trapito las imágenes de madera y los cristales de los cuadros, persiguiendo el polvo hasta en los más recónditos huequecillos, dando sustento á los pájaros y limpiándoles los comederos, las jaulas, los palitos en que se posan, regando las flores de sus amenos balcones. Esto no había tenido variación en muchísimos años, ni lo tendría hasta el acabamiento de doña Isabel Godoy de la Hinojosa. La limpieza general se hacía diariamente. Ya no era costumbre, era un dogma. Tenía doña Isabel una criada, de edad madura, de toda confianza, y entre ambas se repartían el trabajo por igual. Doña Isabel barría también, sacudía, estropajeaba, llevaba muebles de aquí para allí, y metía sus activas manos en todo.

¡Comer!... Aquí viene uno de los aspectos (para hablar el lenguaje de la Historia) más notables, del carácter de la Godoy. El aseo, llevado al frenesí, se manifestaba en ella paralelamente á los escrúpulos en materia de alimento, de tal modo, que no entraba por la boca de la dama cosa alguna que no aderezara ella misma; pues ni de su criada, más que criada, amiga, se fiaba para esto. No comía carne de vaca, porque siendo este artículo de muy poco ó ningún uso en la Mancha, su patria, siempre lo miró con repugnancia. Cuando se dignaba admitir en su cocina medio cabrito, ó recental, ó bien gorda gallina, lo lavaba tanto y en tantas aguas, que le hacía perder toda substancia. El vino no lo probaba, por ser de las cosas más sucias que existen. El pan de las tahonas... vade retro. El ordinario de Quintanar le traía mensualmente hogazas duras y bollos y tortas, con otras cosas de que se hablará más adelante. En el chocolate ponía doña Isabel todo su esmero, por ser lo que le gustaba más y lo único que tomaba con deleite. No compraba nunca el de los molinos y fábricas, que se compone de mil ingredientes nocivos ó asquerosos: llevaba un mozo á la casa para que le labrara la tarea de cuatro meses, y ella le inspeccionaba, sin quitarle la vista de encima, por si se atravesaba una mosca ó se le caía al buen hombre de la trabajadora frente alguna gota de sudor... Luego hacía ella misma la onza de cada mañana en una cocinilla de espíritu, y ponía en esta operación un cuidado, un esmero, que ni los del sacerdote, manejando el Pan eucarístico, se le igualara. Acompañaba el chocolate, no de mojicones, no de bizcochos traídos de las tiendas, sino de unos como piruétanos ó cachirulos que le mandaban las monjas Franciscas del Toboso.

Delicadísima y llena de ascos en materias de comer, doña Isabel no podía pasarse sin los manjares y golosinas de su tierra. Era de esas personas refractarias á la adaptación alimenticia, y que por do quiera que van han de llevar el bocado con que las criaron. Su olla era enteramente castellana por los cuatro costados, y en vez de sopa, comía todos los días gachas, preparadas según el más puro rito manchego. No las hacía de harina de trigo, sino de titos, que es un guisante pequeño, y en los días grandes añadíale el tocino, el hígado de cerdo bien machacado y siempre bastante pimienta y orégano. Esta olorosa especia sazonaba y aromatizaba todos los guisos de la cocina de doña Isabel. Su aroma, juntamente con el de otras hierbas, llenaba la atmósfera de la casa. Conviene añadir, para que no pierdan las gachas su carácter, que doña Isabel, fiel á los manchegos usos, no las comía con cuchara, sino con rebanadas de pan y en la misma sartén.

El ordinario de Quintanar, que paraba en la posada de Ocaña, surtía mensualmente á la Godoy de diferentes artículos del país, sin los cuales infaliblemente la señora se habría dejado morir de inanición. ¡Ella comer cosas de este Madrid puerquísimo...! Además de la harina de titos, el ordinario le traía las indígenas tortas de manteca, hojaldradas, con sabrosos chicharros dentro; traíale también grandes cántaros de mostillo y arrope del mejor que se hace en Miguel Esteban, queso del campo de Criptana, bizcochos de Villanueva del Gardete, bañados y tiernísimos, que tienen fama en toda España. Pero lo más importante que recibía la Godoy era el lomo, frito y en manteca, de modo que con él se improvisaba un principio en un decir Jesús. También se lo mandaban en la forma que llaman rollos, envuelto en masa de harina y aceite, y acompañado interiormente de huevos, chorizos y jamón.

Con estos elementos aderezaba diariamente la señora su comida. En Cuaresma hacía lo que llaman por allá un ajillo de patatas, y el día del Corpus, por ser costumbre inmemorial é infalible en la tierra, no podía faltar en su mesa cordero con arroz. Hasta los postres venían del Toboso ó de Quintanar por mano de aquel bendito ordinario. Consistían en el manjar más inocente del mundo, que de ordinario sirve para sustento de los pajarillos: cañamones tostados. Á la señora le gustaban mucho, y ningún día, á no ser los de gran ayuno, dejaba de comerse una docena. Las Franciscas del Toboso solían mandarle almendras garapiñadas, que eran su especialidad. Con ser manchega de pura raza y tener sus propiedades arrendadas para el cultivo del azafrán, doña Isabel no usaba nunca esta droga tintórea. Por las infusiones teínas de diferentes hierbas tenía verdadera pasión, y un surtido y acopio tan abundantes, que le faltaba poco á la casa para ser la más completa herbolería. No se acostaba sin tomarse un tazón de salvia ó de manzanilla, según los casos; á veces de hierba-luisa. Jamás probó el té chinesco, y el café no lo conocía más que de nombre.

La criada, que desde luengos años la servía, era una mujer de bastante edad, toda cargada de refajos verdes y amarillos, y con gran moño de trenza, atado con cordón que terminaba en el huesecillo que llaman higa, para librarse del mal de ojo. La comunidad de vida con doña Isabel la asimiló pasmosamente con ésta. Pegáronsele primero los escrúpulos, luego los gustos, las costumbres, y, por último, el modo de hablar y hasta la fisonomía... Últimamente todo era en ellas común: el trabajo, la comida, los rezos y hasta los pensamientos.

Sólo el que frecuentara la casa habría podido separar bien aquellos dos rostros y caracteres, destruyendo la aparente combinación ó cambio molecular que entre ellas había, y dar á cada una lo suyo, presentando á Teresa cual mujer sesuda, grave y de bien sentados razonamientos; haciendo ver, por el contrario, en doña Isabel un cerebro soliviantado, dentro del cual parecía que trinaban con más gusto que en sus jaulas todos los verderones y jilgueros que en la casa había.

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