Historia. Doña Isabel Godoy de la Hinojosa era tía de la madre de nuestros amigos Augusto y Alejandro Miquis.

No atendáis al olor de privanza que aquel apellido tiene, para suponer parentesco entre esta familia y el Príncipe de la Paz. Aunque de procedencia extremeña, estos Godoyes nada tenían que ver con aquél por tantas razones famosísimo y más desgraciado que perverso. Desde el siglo pasado aparece prepotente en Almagro, y poco después en el Toboso y en Quintanar, la estirpe de doña Isabel, consagrada á la propiedad territorial y á la caza. Y fué tan fecunda en segundones, que dió al Estado más de un consejero de Indias, muchos guardias de Corps al Ejército, á la Iglesia regular y secular doctos definidores y capellanes de Reyes Nuevos.

Doña Isabel y su hermana, llamada doña Piedad, fueron la única sucesión del don Gaspar Godoy, uno de los más frondosos y enhiestos ramos de aquel tronco de los Godoyes manchegos. Eran ambas hermanas discretas, bonitas, instruiditas, bien educadas y tirando á lo sentimental, conforme á las costumbres y á la literatura de aquellos tiempos. Dígase también que la tradición las designaba como las personas más leídas de toda la Mancha. Se sabían casi de memoria la Casandra, novela de tanto sentimiento, que el que la leía se estaba llorando á moco y baba tres meses. Conocían también otras obras, muy en boga entonces, como Ipsiboe y El Solitario, del vizconde D’Arlincourt, llenas de desmayos, lloros, pucheros y ternezas. Pero la lectura que más particularmente había afectado á Isabel Godoy era la de aquella dramática y espasmódica novela de Madame Cottin, Matilde ó Las Cruzadas, la comidilla más sabrosa de aquella generación archi-sensible. Por mucho tiempo duró en el espíritu de la joven la influencia de tales lecturas, suministrándole, casi hasta nuestros días, motivos de comparaciones. Así, decía: «es un moreno atrevidísimo como Malek-Adhel», ó bien «celoso y fiero como un Guido de Lusignan.» Las anticuadas láminas de Epinal que su sala ostentaba, habían tenido ya su período de éxito en la casa paterna.

No faltaba, veinte ó treinta años há, entre los desocupados del Toboso, algún viejo que contase algo de remotos sucesos acaecidos cuando le hicieron á doña Isabel la preciosa miniatura que hemos visto en su sala. Según rezaba la tal crónica viva, hubo por aquellas calendas en el Quintanar un galán de hermosa presencia, tan notable por su gallardía como por sus modales y educación, hombre peregrino en aquellas tierras, á las que fué con hastío de la Corte, buscando un descanso á sus viajes y á las fatigas de la moda y del mundo. Doña Isabel se apasionó locamente del tal, que era de gran familia, los Herreras de Almagro, y tenía tíos y primos en el Toboso. Él le correspondía; eran públicos y honestos sus amores; parecía natural que la solución y término de esto fuera el matrimonio... mas no sucedió así. De la noche á la mañana, con pasmo y hablilla de todo el pueblo, Herrera se casó, no con doña Isabel, sino con su hermana.

Guardó la ofendida las apariencias de conformidad, y ni en su rostro ni en su lenguaje revelaba el dolor de la tremenda herida, que sólo cicatrizaron los años, muchos años, y un sosiego y régimen de vida muy reparadores. Las dos hermanas se querían entrañablemente lo mismo antes que después del repentino inexplicable cambalache. Piedad tuvo una niña, y murió al año de casada; murió, ¡ay! según se dice, de ignorada y misteriosa pesadumbre; de una tristeza que le entró de súbito y la fué secando, secando, hasta que, no teniendo más que los huesos y el alma, ésta se partió sin dolor, porque nada había ya en aquel cuerpo que pudiera doler. Poco tiempo después del fallecimiento de su mujer, Herrera se fué á América, en donde hizo dos cosas igualmente desatinadas: se volvió á casar y se murió de la fiebre.

Á la niña que nació de Herrera y de Piedad Godoy, pusiéronla también Piedad, por ser este nombre el de la patrona de aquellas tierras, y tan común allí, que no hay familia donde no haya un par de Piedades. Crióla con extremado mimo doña Isabel, que á ella se consagró, haciendo voto de soltería eterna. No se consideraba tía, sino verdadera madre, por exaltación de su espíritu y maniobra sutilísima de su entendimiento. Consumada idealista, empapando sin cesar su espíritu en la memoria de su hermana, había logrado realizar el fenómeno psicológico de la transubstanciación. En sus soledades y abstracciones había llegado á decir casi sin pensarlo: «Yo soy Piedad... yo soy mi hermana...» Y otra vez se le escaparon estas palabras: «La que se murió fué Isabelita.»

La Piedad pequeña creció al lado de su tía y otros parientes. Mimáronla mucho y la querían con delirio. Todo iba bien, todo fué regocijo y paces hasta que llegó á ser mujer. Aquí viene el punto capital de esta historia retrospectiva y el motivo del singularísimo aspecto con que se nos presenta doña Isabel. La adorada, la mimada, la enaltecida hija-sobrina de esta señora, la heredera de los claros nombres de Herrera y Godoy, se enamoriscó de un tal Pedro Miquis; resistió tenaz y heróicamente la oposición de su familia; se dejó depositar y se casó con él... ¡Abominación! Los Miquis habían sido criados de los Godoyes.

¡Pobrecita doña Isabel! El espanto y dolor que el caso produjo en ella no son para referidos. Parecía increíble que este nuevo traspaso de su corazón, añadido á las llagas pasadas, no le quitara la vida. Decía con toda su alma: «Mi niña ha muerto.» Porque pensar que ella había de transigir con tal ignominia, era pensar en las nubes de antaño... Llena de tesón, hizo la cruz al Toboso, á Quintanar, á toda la Mancha; escribió en su corazón un segundo epitafio, y se vino á Madrid. Su odio á los Miquis era tan profundo, estaba tan entretejido con sus convicciones, que en cuanto se tocaba este punto, rompía en una charla de tarabilla, y su interlocutor, aburrido, tenía que marcharse y dejarla hablando sola. Nombrar á los Miquis era nombrar lo más bajo de la humanidad. Los Miquis del Toboso eran escoria, desperdicios de nuestro linaje. En semejante muladar había caído aquella temprana rosa. No era posible sacarla; y aunque se la sacara con pinzas, ¿de qué serviría ya?

Los años suavizaron un tanto estas asperezas. Después de escribir muchas cartas cariñosísimas y humildes á su tía-madre, la Miquis consiguió obtener una contestación, aunque muy desabrida. De allá le enviaban regalitos de arrope, lomo en manteca, bollos y cañamones tostados, sin conseguir que aceptara. Por fin aceptó algo, y las relaciones se restablecieron fríamente, por escrito. Pasados quince años, el lenguaje epistolar de la tiíta Isabel despedía cierto calor. El tiempo, que tantas maravillas había obrado en ella, hacía nueva conquista de paz en su indomable espíritu. La reconciliación con Piedad llegó á ser un hecho; pero en ninguna de sus cartas dejaba de poner la Godoy una frase desdeñosa para su yerno y toda su aborrecida parentela.

Cuando el primogénito de Piedad, Alejandrito, hecho ya un hombre y con lisonjeras esperanzas de serlo de provecho, fué á estudiar á Madrid, llevó encargo de visitar á la tiíta. ¡Cuánto le aleccionó su madre sobre esto, y qué de advertencias le hizo, previniéndole lo que le había de decir, lo que debía callar!... En la primera visita, doña Isabel hubo de recibir al muchacho con circunspección y recelo. Le miró mucho, y de pronto lanzó una exclamación de lástima y amor, diciendo: