—No puedo pasar la noche en esta incertidumbre—afirmó resueltamente.—Vamos allá.
Al decir «vamos,» Felipe se cosió á los faldones del manchego, y éste, en un rapto de amistad, de generosidad, de benevolencia, que eran el destellar más común de su alma, le dijo así cuando iban por la rampa abajo:
—Te tomo de criado... Si esto me sale bien, serás mi criado... mi escudero, porque verdaderamente necesito... ¡Qué lejos está esa calle del Almendro!
El otro, de puro asombrado y agradecido, no decía nada. En su alma se había metido también una desusada grandeza, una esperanza embargante, un pedazo de cielo que entró en su cuerpo con el aliento y se le atravesaba al respirar. Ambos tenían una suerte de inspiración, de Dios interior que les agitaba y les hacía pensar, si no decir, cosas admirables... ¡Y cómo corrían! La noche estaba próxima, y Alejandro anhelaba llegar de día, porque la Godoy tenía la costumbre de echar todos los cerrojos de su casa á la hora en que se acuestan las gallinas. ¡Ay! á todo término, por lejano que sea, llegamos al fin, y ambos muchachos entraron en la calle del Almendro. ¡Qué soledad, qué paz! y ellos dos ¡qué palpitación de corazones, qué latido de arterias! Llevaban en sí toda la vida que faltaba al dormido barrio, y podrían derramarla á raudales sobre aquel vacío escenario de las aventuras matritenses de otros siglos.
VIII
La casa del seis de copas estaba aún abierta... Adentro. Llamaron á la puerta de aquel templo de la Quiromancia. La mente de Alejandro ardía con vagorosa luz, desparramada y flotante como la llama que baila sobre el alcohol. Sorprendida quedó doña Isabel de verse visitada por su sobrino á hora tan intempestiva, pues nunca lo había visto en su casa de noche. También mostró la señora alguna extrañeza al ver á Felipe.
—Es un chico que me acompaña y me hace recados,—dijo Alejandro con voz trémula.
Permaneció Felipe en el recibimiento, sentado sobre un cajón, y al punto rodeáronle los gatos y el perrillo, con tantas pruebas de amistad, que él les estaba muy agradecido. Doña Isabel entró con Alejandro en el gabinete de las cuatro cómodas, alumbrado por un candil de cuatro mecheros, de aquéllos bien labrados y pesadísimos que van desapareciendo con la industria española. Lo primero que hizo la señora fué tomar una mano de su sobrino y acercarla á la luz para mirarla bien, diciendo:
—¡Qué uñas!... ¡Pero, hijo!...
Alejandro sintió vivamente haber olvidado aquel detalle, pues la primera condición para agradar á su tía era el aseo.