—Es que... estuve toda la tarde revolviendo libros muy empolvados...
—Pero dí—prosiguió ella observándole la ropa.—¿No tienes cepillo en casa? ¿Pues y esa cabeza? Parece que te has peinado con una escoba... ¡Qué niños éstos del día!... Luego queréis agradar á las damas. No sé cómo hay mujer que os mire... Verdad que ellas están buenas también. Muy emperejiladas por fuera, y luego, si se va á mirar... Veremos si te modificas, ahora que no te faltará dinero...
Al oir esta última palabra, Alejandro se estremeció de íntimo placer. Los dedos de una divinidad escondida y misteriosa le acariciaban las entrañas.
—¿Pero qué?...—dijo la tiíta con vacilación, acercando sus manos de torneado marfil á la cómoda.—¿Te vas á llevar eso esta noche?... ¿No tienes miedo á los ladrones?
No queriendo mostrar Alejandro, por delicadeza, los abrasadores deseos que tenía de poseer aquel tesoro, murmuró estas palabras:
—Como usted quiera, tiíta...
—Mañana...
Aquel mañana le parecía á Alejandro inesperado alejamiento de un día grande, la inmistión antipática de lo infinito entre el hoy y su felicidad. ¡Mañana!... ¡el siglo que viene!...
—Por los ladrones no sea... ¿Cree usted que me voy á dejar robar?... Pero si usted no quiere...
—Pues de una vez,—dijo la Godoy tirando del tercer cajón de la cómoda, que hizo un ruido músico y dulce como de puerta celestial de áureos goznes.