Miquis.—(Echando música, luz y espíritu por todos sus poros.) Abur, abur... «Bel raggio lusinghier...»

Recogida la papeleta, volvió al coche, y sin pérdida de tiempo redimió su reloj cautivo. Cuando bajó con él al coche, eran las diez y treinta y cinco. Encontró á Felipe desfallecido. El pobre muchacho le dijo con desmayado acento y mucha cortedad que él no podía aguantar más; que si tenía su amo la bondad de darle real y medio, se iría á cualquier taberna y se tomaría unas judías ó media ración de cocido.

—Ya verás, ya verás qué bien vas á comer hoy—le dijo su amo.—Mayoral, á una fonda.

—¿Á cuál?

—Á la primera que encuentres... Ahí, en la calle del Carmen.

X

Llegaron, salieron del coche, pagaron, y viéraisles á los dos en el cuartito estrecho, pero cómodo, de una fonda ó restaurant. Miquis, exaltado y como demente; Centeno, muerto de hambre y al mismo tiempo encogidísimo de verse allí frente á un espejo, bajo los mecheros de gas y en mesa para él tan rica y elegante. Pidió Alejandro dos cubiertos de los más caros, y mientras preparaban el servicio, Felipe se iba atracando con la vista. Algo había ya en la mesa á que hubiera echado mano, como las ruedas de salchichón, los rabanitos, el pan y la mantequilla; pero su respeto puso frenos al salvaje apetito que tenía, y no tocó nada hasta que trajeron la sopa. Al pobre Doctor le parecía mentira que había de venir la tal sopa, y cuando llegó y tomó él la primera cucharada, pasóle lo que al héroe de Quevedo, esto es, que hubo de poner luminarias en el estómago para celebrar la entrada del primer alimento que tras de tan larga dieta entraba. Y razón había para ello, porque estaba con un triste pedazo de pan duro que había tomado por la mañana.

Miquis no acertó á comer: estaba impaciente, inquietísimo, hablaba solo... Á ratos miraba á su protegido, y se reía paternalmente de verle tan aplicado á la obra de reparar sus fuerzas. «Come, hombre, come sin reparo. No te dé vergüenza de comer todo lo que tengas gana, que harto has ayunado.»

Felipe seguía estos saludables consejos al pie de la letra, y la emprendió con los manjares que el mozo iba trayendo, sin perdonar ninguno. Aplacada su necesidad, quedóle tiempo á su espíritu para maravillarse de todo, así de los gustosos platos como del servicio. Nunca había visto él mesa tan bien puesta y servida. Después de observar tanta elegancia, la transparencia de las copas, la limpieza de las servilletas y manteles, la abundancia de golosinas, la esplendidez de tanto y tanto plato de carne, substanciosos y exquisitos, la claridad del gas que tales maravillas iluminaba; después de observar esto, digo, y el primor de la habitación con su mullida alfombra y su gran espejo, se dirigía recelosas miradas á sí mismo, y comparaba la riqueza del local y de la comida con su estampa miserable. Su ropa... ¡vaya una porquería! Sin ser andrajosa, más era de mendigo que de caballero... Su facha, sus manos... ¡qué vergüenza! Por eso el mozo le miraba y parecía burlarse de él... Otros mozos cuchicheaban en la puerta, como pasmados de ver allí semejante tipo. ¡Gracias que tenía las grandes botas del siglo!... ¡Ay, si don Pedro y don José Ido le vieran en aquellas opulencias... delante de tanto plato fino, y bebiendo en aquellas copas, y comiendo todo lo que quería...! Cosas le sirvieron que no sabía cómo se habían de comer, por lo cual creyó prudente no tocarlas y afectar que no tenía más gana. Lo que no perdonó fué el sorbete, golosina que él ya conocía, aunque no había probado de ella más que porción mínima, cuando una señora, en el café de Zaragoza, le dió á lamer la copa en que la había tomado.

¡Y ya, Jesús divino, no era sólo lamer la dulzura pegada á un frío cristal, sino que se lo envasaba todo entero, desde el pico hasta el fondo; y no sólo devoraba el suyo, sino también el de su amo, que, gozoso de ver tan hermoso apetito, le dijo: «Tómate también éste!...» Luego pastas, dulces, frutas...