Felipe no se daba punto de reposo. Sin fin de veces hubo de bajar á la botica, y arriba no faltaba trabajo. El paciente pedía sin cesar ésta ó la otra cosa, buscando en la variedad distracción, ensayando contra la violentísima tos extraños remedios é increíbles posturas. Cirila ayudaba poco. Á cada instante iba Felipe á la cocina en busca de agua tibia ó fría, de un limón, leche, azúcar, té... Cuando no encontraba á mano lo que necesitaba, iba á pedirlo á cualquier vecino. Al entrar en casa de Ido, halló á éste sentado en mitad de su humilde salita, junto á una mesilla con luz. Rodeábanle su familia y dos vecinas que solían ir allí de tertulia. Parecía que el buen Cerato simple estaba enternecido, y que de sus ojos manaba mayor caudal lacrimatorio que de ordinario. Un sobado cuaderno tenía en su mano, y desde que vió á Centeno, corrió á darle un abrazo.
—Supongo que no te enfadarás por lo que he hecho—le dijo.—Tenía tantas ganas de conocer el drama de tu amo, que no pude vencer la tentación esta mañana... Lo ví sobre la mesa, y cogí un acto para leerlo aquí, en familia... Francamente, naturalmente, yo no creía que fuera tan bueno. Te digo que estamos entusiasmados... ¡Qué versos! ¡qué pensamientos! Á mí se me saltan las lágrimas y se me corta el resuello. Nicanora, que es inteligente, dice que otra obra como ésta no se ha hecho desde el tiempo de Gil y Zárate... Si esto se representa... acuérdate de lo que te digo... se vendrá el teatro abajo.
Agradecido á este lenguaje, Felipe no podía entretenerse en comentarios sobre la soberana obra. Necesitaba un huevo que á su amo se le había antojado comer.
—¡Ay, hijo!—exclamó doña Nicanora afligidísima.—Cuánto siento no poder dártelo.
Una mujer vieja, arrugada, vivaracha, que estaba en el ruedo de la tertulia y que había oído leer el drama con delectación, se levantó prontamente, diciendo:
—Yo te daré, no uno, sino tres huevos, para que se los coma ese caballerito que ha escrito cosas tan buenas... Hemos llorado á moco y baba. Al oír ese verso que dice que el pueblo español es el más valiente de la tierra, me entraron ganas de salir gritando al pasillo, y meterme en el cuarto del enfermo para darle un abrazo. Bien, bien, requetebién... Ven á mi casa, y te daré los huevos.
—Si el señor don José me quisiera dejar el drama—dijo otra de las presentes cuando Felipe salía,—para que lo lea mi marido... Él lo entiende; es oficial de pintor de decoraciones, y todo lo tocante á teatro lo sabe al dedillo.
Muy mal pasó la noche Miquis; pero tuvo en ella un gusto no flojo. Su mamá le había anunciado el envío de cierta cantidad, á escondidas de su padre. No venía en letra, sino en oro, y la traía el ordinario de Quintanar. Durante dos días fué Centeno repetidas veces á la Cava Baja, en busca del precioso encargo; mas el ordinario no parecía. Las diez eran de aquella noche, cuando se presentó en la casa un hombre de malas trazas que entregó á Alejandro el lacrado paquetito. Venía como rocío del cielo, porque la patria estaba sumamente oprimida, y otra vez, para que no se desmintiera el destino del gran manchego, carecía de lo más necesario. Rompiendo impaciente la envoltura del regalo, dijo á Poleró:
—Creo que te debo algo. ¿Son ocho duros?
—Ocho, sí; pero déjalo. Ya me lo darás otra vez.