—No, ahora. Lo primero es pagar. Yo soy así. Y á tí, Federico, ¿te debo algo?

—¿Á mí? Nada, hijo.

Era verdad que no le debía nada, porque Ruiz, hombre previsor y hormiguita, no había jamás abierto la bolsa para su desordenado y rumboso amigo. Era hombre aquel Ruiz que, cuando se le pedía algo, respondía invariablemente: «Chico, estoy á cero. Acabo de pagar una cuenta que me ha baldado.»

Después de un breve descanso, al amanecer, Miquis llamó á Felipe:

—Aristóteles... me vas á hacer un favor... En toda la noche he podido apartar de mi pensamiento al pobre Cienfuegos. ¡Qué tormentos habrá pasado con su forastero, á quien no puede obsequiar ni con un triste vaso de agua clara!... Ve corriendo á llevarle tres duros... Tómalos del cajón.

Cuando Felipe salió á la calle para desempeñar este caritativo encargo, pensaba, con admirable madurez de juicio, que mucho más cuerdo era emplear aquel dinero en unas botas, de que tenía muchísima falta, que en socorrer al aprendiz de médico. Sanguijuela insaciable, mientras más le daban, más pedía, sin hartarse nunca. ¡Al diablo Cienfuegos y su forastero! Si no podía convidarle, que le diera morcilla. ¿No era un desorden que el otro se gastara en pitos y flautas aquellos tres duros tan bonitos, mientras él, Aristóteles, que tanto trabajaba, salía á la calle casi descalzo?

Después de mil vacilaciones, el valiente Doctor se dirigió á una zapatería. Cuando su amo le preguntó, una hora después, si había hecho el encargo, Aristóteles, fiado en la gran familiaridad que con él tenía, adelantó un pie, y riendo le dijo:

—¿Los duros para Cienfuegos? En ellos andamos.

—¡Ah! ¡pillo!...—replicó Alejandro, riendo también.—Bien es verdad que tenías falta, y no se me ocurrió.. Pero á Dios gracias, hay para todo... Coge otros tres duros y ve á socorrer al pobre Cienfuegos.

III