Aquel día no tuvo Alejandro un instante de sosiego. Tan pronto le acometía el prurito de verbosidad, tan pronto el desmayo. Si dolorosa era la crisis, no lo era menos la sedación de ella. Por la tarde, Moreno anunció que la noche sería funesta. Grandísimo, cortante y brusco fué el dolor de Felipe, cuando Poleró y Arias, que estaban en la cocina, le dijeron, cerca ya del anochecer:

—¿Á ver, Doctor, qué vas á hacer ahora? Porque esta noche, hijo, nos quedamos sin tu amo.

La garganta se le apretó y no pudo dar contestación. Ni llorar tampoco podía, porque, á su juicio, la obligación de trabajar y atender á todo en aquellas tremendas horas, le cerraba la salida de las lágrimas.

Tenía la casa dos aposentos grandes: la sala en que estaba Miquis, y la cocina, donde se reunían los amigos cuando no acompañaban al enfermo. En esta sala, ornamentada de fogón y fregadero, con espejos de hollín y tapicerías de mugre, eran recibidos los visitantes, y allí se hablaba del paciente, de su probable muerte y de todo lo que es propio en tales circunstancias. Había dos habitaciones pequeñas y obscuras, en una de las cuales sólo entraba Cirila, y la otra estaba llena de baúles y trastos.

Ruiz fué de los más asiduos en acompañar y atender al manchego. Estuvo todo aquel día, y después de una breve ausencia para comer, volvió decidido á quedarse toda la noche.

—Me parece que hago falta—decía con petulancia,—porque esta casa es un pandemonium. Aquí no hay quien tenga iniciativa. Los momentos son preciosos, y alguien ha de representar á la familia. Nuestro amigo Poleró y usted, Arias, no se atreven á nada, y es urgente tomar ciertas determinaciones. Grave es la cosa, y por mi parte no quiero responsabilidades. Se diría mañana que por nuestra culpa no murió este buen amigo como católico cristiano; y si ustedes insisten en que no se le hable sobre el particular, yo me lavo las manos, yo me retiro...

Aquel hombre indolente se crecía y transformaba desde que le atacaba la oficiosidad, y la oficiosidad aparecía infaliblemente con las ocasiones de hacer un papel de hombre serio y atareado. Así, era de ver cómo su pereza se trocaba en actividad, cómo entraba y salía, dando proporciones gigantescas á su trabajo, buscando dificultades, haciéndose el hombre necesario, el hombre de acción y de recursos. Á cada momento se le veía entrar en la cocina, y encarándose con Poleró ó con Arias, les espetaba una proposición como ésta:

—Á ver qué se determina. Yo me admiro de verles á ustedes tan tranquilos... señores. En estas circunstancias se conocen los amigos. ¡Hay tanto á que atender...! Sin ir más lejos, creo que será preciso hacer suscripción para el entierro. Á ver, ¿qué se decide, qué se resuelve? Están ustedes ahí con las manos cruzadas...

Y en otra ocasión vino con este mensaje:

—Lo primero que hay que hacer aquí es restablecer el imperio de la moralidad. ¿Qué casa es ésta? Nuestro pobre amigo no supo dónde se metía. Es necesario que alguien represente á la familia: yo la representaré si ustedes no quieren ó no saben hacerlo. Por de pronto, estoy decidido á impedir que entre aquí esa mujer, esa cuyo nombre no sé, ni quiero saberlo... ¡Porque sería un escándalo, una profanación, un sacrilegio...! Como tenga la osadía de venir, yo seré quien salga á la defensa de los principios morales; sí, señores, yo seré quien la ponga en la puerta...