Arias disimulaba el enojo que las ínfulas de este señor y sus oficiosas pretensiones de mando le causaban. Poleró decía:
—No hay que precipitarse. Calma, amigo Ruiz. Le vamos á poner á usted Don Urgente, si sigue atosigándonos de ese modo... Quizás Alejandro salga de esta noche. Ahora parece que está mejor.
—Sí, buena mejoría nos dé Dios... Eso es: esténse ustedes con esa calma. ¿Y qué se hace en la cuestión de Sacramentos?... Señores, yo tengo creencias y no puedo consentir que un amigo se muera como los animales. Y también Alejandro tiene creencias. Es poeta, y basta. No quiero que la familia me pida cuentas mañana... Con que decidamos ahora mismo quién le dice al infeliz el estado en que se halla y la urgencia de atender á su alma.
—Yo no se lo digo.
—Ni yo...
—Pues yo se lo diré—afirmó Ruiz con énfasis.—No son ustedes hombres para casos de seriedad. Siempre con bromitas... No, señores: hay que hacer frente á las circunstancias, y saber colocarse á la altura de las circunstancias, y acometer las circunstancias... Voy á hablar con Miquis.
Éste permanecía en el sillón. Don José Ido le daba aire con un grande abanico, y Felipe, sentado cerca, le miraba y hacía por distraerle. Las facultades mentales de Alejandro subsistían perfectamente claras, y aun si se quiere sutilizadas, recibiendo su fuerza final del recogimiento de toda la vida en el cerebro.
—¿Qué tal te encuentras?—le dijo Federico acariciándole la barba.
—Ahora, bien—replicó el tobosino con cierta facilidad de respiración y palabra que antes no había tenido.—¿Qué hora es?
—Las ocho.