—No se puede tolerar—dijo Ruiz, con acento de calorosa honradez,—que en estos momentos críticos, en este trance aflictivo, venga usted á escarnecer con su presencia...
—Señor de Ruiz—observó Cirila incomodándose, pero sin atreverse á alzar la voz,—es mi hermana; y esta casa...
—No hay casa que valga, no hay hermana que valga...—clamó el astrónomo poniéndose furioso, ó simulando el enojo por el gusto que tenía de darse importancia.—Si usted me levanta el gallo, ahora mismo llamo una pareja. Y esta señora se va á la calle. Pronto... ¿Pues qué? ¿después que ha sido la causa de la perdición de nuestro desgraciado amigo, ha de venir á turbar la paz de sus últimos momentos, y á insultarnos á todos...?
—No alborotar, no hacer ruido—volvió á decir Poleró, creyendo que la expulsión se debía verificar con menos bambolla...—Está con la moralidad como chiquillo con zapatos nuevos.
Pero Ruiz, que se pirraba por el aparato escénico, siguió perorando de esta suerte:
—¡Representamos á la familia... y en nombre de la familia... en nombre de lo más sagrado...!
¡Con qué énfasis señalaba su dedo la escalera! La Tal no dijo una palabra. Dirigióle una mirada que lo mismo era de enojo que de burla. Pero no se movía; no parecía dispuesta á obedecer.
—Para evitar cuestiones—gruñó Cirila, empujando suavemente á su hermana,—más vale que...
En esto llegó doña Isabel. Su sombra pasó por encima de las sombras de los demás. Paróse, miró á todos uno por uno, después á la Tal... La admiración túvola suspensa un instante, y sus ojos de muñeca de porcelana y vidrio no se hartaban de contemplar la otra muñeca, de carne y hermosura, torneada con gallardía, y barnizada de expresión melancólica.
—Esta señora—dijo Ruiz,—es la perdición de nuestro amigo... ¡Preséntase aquí en estos críticos momentos! Ó ella, ó nosotros...